Sueño extraño. Resulta que Mario Vargas Llosa llega a Guayaquil y -no sé por qué razones- tenía que cargar con atender a ese vejete. Tocó asumir la tarea (creo que el man fungía en la ensoñación como novio de mi madre, ¡jaja! Porque al final deja una camioneta de regalo, ¡qué verga! No me explico otro motivo para andar de arriba a abajo con este momio).
El asunto es que no me amilané y le hice miles de preguntas, entre esas que por qué había abandonado a la izquierda y cuál fue el motivo de la puñetiza a García Márquez. A la primera interrogación, respondió que en realidad lo hizo porque nunca consiguió un puesto burocrático en la Unesco, justo cuando estaba viviendo en París y se moría de hambre. Por eso, dijo, mantenía un odio oculto infinito hacia Julio Cortázar, pues había ido a rogarle por un cargo; pero nunca se lo dio. Esto me lo comentó a manera de confesión en el night club La isla del tesoro. ya que después de unas bielas de recibimiento me preguntó dónde podría distraer la vista, andaba muerto de ganas por ver bailar a algunas peladas desnudas (por cierto, afirmó que haber llamado así a un cabaré era el mejor homenaje que se podía hacer a la obra de Robert Louis Stevenson). La negativa de Cortázar hizo que en París no le quedara más que trabajar como esclavo literario, escribiendo novelas para viejas peluconas que luego colocaban sus nombres en esas obras. Desde entonces juró venganza eterna a los "rojillos".
A la segunda pregunta, contrario a lo que todos piensan -que Vargas Llosa le pegó a García Márquez porque este se 'cruceteó' con su mujer-, Vargas me indicó que el quiño se debió a que, tras una borrachera y estando dormido, 'Gabito' aprovechó para guindarse de la verga de Varguitas y así mamársela a traición. El peruano despertó, Gabo levantó la vista mientras observaba la cara de Vargas Llosa -lo hizo con una sonrisa, pues esperaba ver en él una expresión de placer- y ahí mismo lo soñó con un golpe en el ojo izquierdo. "Actué rápido, porque el tipo estaba a punto de hacerme un dirty sánchez. Encima de comunista, ¡maricón! ¡Faltaba más!", exclamó Vargas. "¿Por qué el ojo izquierdo?", le cuestioné; y él replicó: "Esa fue otra venganza, llena de simbolismo, contra el zurderío aprovechado".
Luego de dos botellas de whisky y algunas montañitas de coca pura caspa del inca que el man trajo en una valija diplomática (no sé de qué país, pero como es Vargas Llosa pasó nomás) el tipo estaba listo para pegarse un viaje al Oriente. Para esos días habían realizado un hallazgo arqueológico increíble en una zona cercana al volcán Sangay. Se trataba de unas formaciones monolíticas (varios obeliscos, para ser exactos) que estaban escondidas en medio de la tupida vegetación selvática. Los exámenes de carbono 14 databan el sitio en una época posterior a la última glaciación y su distribución en el terreno coincidía curiosamente con un supuesto complejo monumental que se halla en la Luna, conocido como las agujas de Blair; y también con otra agrupación parecida ubicada en el sector de Cidonia, en el planeta Marte.
Vargas Llosa pisó el país justo al mismo tiempo en que arribaban a este distintos personajes célebres a nivel mundial: muchos de ellos dictadores, banqueros sableadores de Wall Street y la City de Londres, una decena de miembros de casas reinantes europeas, oligarcas rusos, millonarios chinos, algunos petroleros texanos y de la península arábiga. Sus anfitriones eran varios "patricios" y masones guayacos y quiteños, un poco de burócratas del partido oficial y algunos empresarios pillos que tenían tajada en contratos. Varguitas, obviamente, era uno de los invitados; pero se tomó unos días de anticipación para pasar por Guayaquil un rato. Curiosamente, nada de esto apareció en la prensa.
Partió de la ciudad no sin antes despedirse de mí, de mis hermanos y de mi madre, dejándonos la ya citada camioneta. Fue rumbo a la Amazonía y yo solo pude ver en las noticias un atisbo de lo que estaba sucediendo, y que me llevó a ciertas elucubraciones. Una alineación sideral entre la Tierra, la Luna, Marte y la constelación de Orión ocurrió justamente cuando en el Oriente crecía de manera exponencial la actividad del volcán Sangay, aumentaban los sismos en las inmediaciones del coloso y circulaban reportes de extraños fenómenos luminosos en parajes aislados y de difícil acceso de la localidad. Esto último, muy cerca de las recientes excavaciones. Por cierto, Varguitas me dijo que no le contara a nadie sobre su viaje a la selva y la reunión de esta élite global, pues todo era altísimo secreto. Había decidido retirarse de la vida pública y desaparecer.
-Jorge Osinaga-
11 de enero de 2014
8 de enero de 2014
Guayaquil fantasmagórico
La siguiente es una pequeña colección de fotos de un Guayaquil que se fue, evocado en imágenes que parecen fantasmales:
La banda del niño músico Nicolás Mestanza (aquí, dirigiéndola), el primer jazzista del Ecuador.
Una imagen del malecón. Año impreciso.
Un rincón del Paseo de las Colonias. Alrededor de 1930.
Desfile aéreo. Foto de César Morejón Díaz. Década de 1940.
Dormitorio infantil. Guayaquil, 1920.
La banda del niño músico Nicolás Mestanza (aquí, dirigiéndola), el primer jazzista del Ecuador.
La "Casa de las 100 ventanas", en el antiguo barrio Villamil (hoy, la Bahía).
Niños viajando en canoa por la ría. (Alrededor de 1910-20).
La "Casa de las Palmeras", ubicada en la "Quinta Pareja", lugar que Medardo Ángel Silva hizo famoso con sus crónicas. Quedaba donde hoy está el colegio San José La Salle.
Fuente de las imágenes: Skyscrapercity.com
-Jorge Osinaga-
19 de diciembre de 2013
Diario de un gay ‘underground’
A continuación, comparto un texto que publiqué en la tercera edición de la Revista MAX, del XI Festival de Cine LGBT "El lugar sin límites" 2013:
Diario de un gay ‘underground’
Como si ser gay en este país no fuera suficiente problema con el qué lidiar, pienso que más aún es ser un gay underground. Ser un gay underground es el gay que aún está dentro del clóset. Así de simple. Ocultos porque a su manera de ver no les queda otra. Los hay solteros, generalmente con doble vida, problemáticos, preocupados porque su trabajo y reputación pueden estar en riesgo. También están los casados o con pareja, algunos tan inteligentes que logran hasta el fin de sus días mantener su anonimato. Son los sorteadores de obstáculos más profesionales que existen, aunque a veces dejan cabos sueltos que terminan en separaciones, divorcios, dolor y –a veces– tragedias. Luego están los liberales, aquellos que dicen no tener ningún tipo de prejuicios con respecto a la libertad sexual; realizan activismo, pero prefieren ejercer la demostración de su sexualidad en el hermetismo, sin darse a conocer como homosexuales. A fin de cuentas, el sexo siempre será algo privado.
Nadie habla de gritar a los cuatro vientos que se es gay, cada cual es libre de definirse y asumirse como quiera; pero de los casos que personalmente he podido conocer puedo deducir que su represión hace que sus encuentros sexuales furtivos sean intensos. Aquí van algunos de los ritos practicados por los enclosetados: está el habitúe de baños públicos, el más clásico de todos. Su lubricidad la alimenta el exhibicionismo. Conocido es en Guayaquil, al menos entre gays, que es en estos templos de las necesidades biológicas donde mayor cantidad de encuentros borderline existen. Se empieza por chequear los urinarios –en centros comerciales, malecones, universidades, paradas de buses–, para ver si hay algún falo a la vista; si se logra levantar aquí con una mirada lujuriosa, se pasa a los cubículos donde ya se llega a tener actividad sexual de todo tipo. En estos mismos cubículos a veces se pueden apreciar shows de masturbación en los que si uno se entusiasma se es bienvenido para hacerles compañía. Asimismo me pasó cuando salía con alguien.
“Haremos un guateque encima del retrete”, parafraseando la canción Eres una puta, de Ilegales. Esa fue mi propuesta, no nació de nadie más. Claro que no era nada fuera de este mundo ¿quién no se ha pegado una buena sesión de descarga seminal bien acompañado en el baño de un bar o una discoteca? El baño de una disco sirvió para el propósito deseado. Un picaporte dañado nos obligó a asegurar la puerta con una mano arriba mientras la otra hacía lo propio. El aporte de saber ser atrapados con las manos en la masa –qué masa, ¡el mazo!– fue lo que más nos avivó. Nunca faltan los cojudos que quieren meter ficha en fiesta ajena. Así que empezaron los golpes. Por cada golpe que alguien hacía a la puerta con el objetivo de entrar, y mientras más la apretaba para evitar que nos molestaran, la cosa subía a niveles de paroxismo. Es increíble la cantidad de lujuria que exuda un baño público en Guayaquil. El sancta sanctorum de la intimidad del macho guayaco es quizás donde uno se pregunta si a todos los hombres de esta ciudad les encanta la “mariconada”, como saben decir, porque ahí esta es ley y su cacareada masculinidad se desvanece. Nunca faltarán miradas, bragueteras o esquivas; ahí muchos son partícipes de esa “mariconada” que desdeñan pero que al mismo tiempo practican. Cómo no olvidar aquella vez, hace muchos años, cuando salía con un pana, acompañado de otras amigas, cada uno dispuesto a vacilar esa noche con ellas; entre cerveza y cerveza mi vejiga ya no aguantaba más y tenía que rendir un sacrificio de descarga urinaria al hocicón dios de porcelana blanca que recibe nuestras ofrendas producidas por el exceso de biela. “Ya regreso. Yo me voy que me meo y, de paso, me la veo”. Estaba absorto en mi evacuación líquida, cuando entra al baño mi amigo. Quería coca. Estaba meando, y el tipo estaba ahí, a mi lado, parado, casi hipnotizado viendo mi verga orinando; se me puso medio dura, obviamente. Me di cuenta que a él también le gustaba eso que a todos nos gusta, y no era precisamente la coca. Puta madre, le dije que tenía la coca en el bolsillo de la camisa y que la cogiera, no despegó sus ojos de mi instrumento, que se hacía más grande mientras su mano tomaba el polvo de mi bolsillo, sentía que me acarició el pecho, rozando un pezón. Y así dicen que no son ‘mecos’.
Otro rito clásico del gay ‘underground’ guayaquileño es acudir a cines porno. Su cartelera exhibe la más variopinta selección de sexo hetero; sin embargo, en sus butacas se desarrolla otro guion: pajas, solitarias o a mano cambiada. En algunas salas, la constante vigilia de los “sapos” –como les dicen a los acomodadores– lo impide a veces, entonces se pasa a los baños. En otras, la vigilancia ni siquiera es un formalismo, dando rienda suelta a todo. Tenía 17 años, me hice la pava del colegio, fui al cine porno. A esa edad empezaba a descubrir que no me fijaba en las vaginas, mi fetiche eran las briosas vergas. Corrí al baño urgentemente, pues no aguantaba más. Los gemidos de la película inundaban el sitio y -en medio pajeo- seguía teniendo en mi mente el poderoso miembro de Rocco Sifreddi, en cámara lenta y con sus bolas guindantes, saltando trepidantemente mientras toda su longitud de carne se hundía en una a todas luces apretada chepa, sí, chepa; en esto del sexo hay que decir las palabras como son: duras, crudas, sin huevadas. Toda esta escena de bamboleo escrotal y penetración, adentro de un jacuzzi, con plano central en esa verga y bolas que levantaban y hacían caer aguas, del baño y humanas. Cumplí mi objetivo, pero al salir de mi cubículo habían dos tipos teniendo sexo oral en los urinarios. Me asusté terriblemente, salí del cine casi corriendo. Pensaba que me iba a pasar algo. Era muy chico, obviamente. Luego regresé a los 19 años, la curiosidad hizo que acudiera al único cine que alguna vez exhibió porno gay en la ciudad, en medio de todo el calor y bullicio del Mercado Central. Pasillo del fondo, leve oscuridad: sexo oral, pajas grupales, incluso una pareja heterosexual turnándose el placer de muchos asistentes, fueron algunos atractivos del show en aquella ocasión. Yo solo miraba, y corrí al baño donde el clímax fue una furiosa eyaculación. Tenía terror de que me tocaran, no confiaba en quienes iban ahí, pero me volvía loco todo lo que podía ver. Me había convertido en un voyeurista contumaz, dos o tres veces repetí la experiencia, y de ahí nunca más. Veías señores que parecían ancianos respetables, tipos con pinta de vendedores o visitadores médicos, manes ya más en facha rebelde, había de todo; pero se sentía que, al igual que yo, eran partícipes de un ritual casi secreto en la oscuridad de una sala.
Los colegios religiosos también tienen un componente oculto, podríamos incluirlos en lo protounderground, en la arqueología de las primeras experiencias secretas, pues constituye parte de aquello que no se cuenta, quizá porque representa algo traumático para quien se vio obligado a hacerlo; o como un episodio de viveza criolla para quien sabe manejar las situaciones a su favor, sabiéndose que puede ejercer una posición de poder a pesar de no ejercerla, sobre todo en la época estudiantil. Es increíble la cantidad de historias que he podido conocer de lo que sucede en aquellos lugares. Desde lo más bizarro, hasta lo más gracioso.
Diario de un gay ‘underground’
Como si ser gay en este país no fuera suficiente problema con el qué lidiar, pienso que más aún es ser un gay underground. Ser un gay underground es el gay que aún está dentro del clóset. Así de simple. Ocultos porque a su manera de ver no les queda otra. Los hay solteros, generalmente con doble vida, problemáticos, preocupados porque su trabajo y reputación pueden estar en riesgo. También están los casados o con pareja, algunos tan inteligentes que logran hasta el fin de sus días mantener su anonimato. Son los sorteadores de obstáculos más profesionales que existen, aunque a veces dejan cabos sueltos que terminan en separaciones, divorcios, dolor y –a veces– tragedias. Luego están los liberales, aquellos que dicen no tener ningún tipo de prejuicios con respecto a la libertad sexual; realizan activismo, pero prefieren ejercer la demostración de su sexualidad en el hermetismo, sin darse a conocer como homosexuales. A fin de cuentas, el sexo siempre será algo privado.
Nadie habla de gritar a los cuatro vientos que se es gay, cada cual es libre de definirse y asumirse como quiera; pero de los casos que personalmente he podido conocer puedo deducir que su represión hace que sus encuentros sexuales furtivos sean intensos. Aquí van algunos de los ritos practicados por los enclosetados: está el habitúe de baños públicos, el más clásico de todos. Su lubricidad la alimenta el exhibicionismo. Conocido es en Guayaquil, al menos entre gays, que es en estos templos de las necesidades biológicas donde mayor cantidad de encuentros borderline existen. Se empieza por chequear los urinarios –en centros comerciales, malecones, universidades, paradas de buses–, para ver si hay algún falo a la vista; si se logra levantar aquí con una mirada lujuriosa, se pasa a los cubículos donde ya se llega a tener actividad sexual de todo tipo. En estos mismos cubículos a veces se pueden apreciar shows de masturbación en los que si uno se entusiasma se es bienvenido para hacerles compañía. Asimismo me pasó cuando salía con alguien.
"Once Upon a Time", mural de Keith Haring en el baño para hombres del Lesbian and Gay Community Services Center de Nueva York, 1989.
“Haremos un guateque encima del retrete”, parafraseando la canción Eres una puta, de Ilegales. Esa fue mi propuesta, no nació de nadie más. Claro que no era nada fuera de este mundo ¿quién no se ha pegado una buena sesión de descarga seminal bien acompañado en el baño de un bar o una discoteca? El baño de una disco sirvió para el propósito deseado. Un picaporte dañado nos obligó a asegurar la puerta con una mano arriba mientras la otra hacía lo propio. El aporte de saber ser atrapados con las manos en la masa –qué masa, ¡el mazo!– fue lo que más nos avivó. Nunca faltan los cojudos que quieren meter ficha en fiesta ajena. Así que empezaron los golpes. Por cada golpe que alguien hacía a la puerta con el objetivo de entrar, y mientras más la apretaba para evitar que nos molestaran, la cosa subía a niveles de paroxismo. Es increíble la cantidad de lujuria que exuda un baño público en Guayaquil. El sancta sanctorum de la intimidad del macho guayaco es quizás donde uno se pregunta si a todos los hombres de esta ciudad les encanta la “mariconada”, como saben decir, porque ahí esta es ley y su cacareada masculinidad se desvanece. Nunca faltarán miradas, bragueteras o esquivas; ahí muchos son partícipes de esa “mariconada” que desdeñan pero que al mismo tiempo practican. Cómo no olvidar aquella vez, hace muchos años, cuando salía con un pana, acompañado de otras amigas, cada uno dispuesto a vacilar esa noche con ellas; entre cerveza y cerveza mi vejiga ya no aguantaba más y tenía que rendir un sacrificio de descarga urinaria al hocicón dios de porcelana blanca que recibe nuestras ofrendas producidas por el exceso de biela. “Ya regreso. Yo me voy que me meo y, de paso, me la veo”. Estaba absorto en mi evacuación líquida, cuando entra al baño mi amigo. Quería coca. Estaba meando, y el tipo estaba ahí, a mi lado, parado, casi hipnotizado viendo mi verga orinando; se me puso medio dura, obviamente. Me di cuenta que a él también le gustaba eso que a todos nos gusta, y no era precisamente la coca. Puta madre, le dije que tenía la coca en el bolsillo de la camisa y que la cogiera, no despegó sus ojos de mi instrumento, que se hacía más grande mientras su mano tomaba el polvo de mi bolsillo, sentía que me acarició el pecho, rozando un pezón. Y así dicen que no son ‘mecos’.
Otro rito clásico del gay ‘underground’ guayaquileño es acudir a cines porno. Su cartelera exhibe la más variopinta selección de sexo hetero; sin embargo, en sus butacas se desarrolla otro guion: pajas, solitarias o a mano cambiada. En algunas salas, la constante vigilia de los “sapos” –como les dicen a los acomodadores– lo impide a veces, entonces se pasa a los baños. En otras, la vigilancia ni siquiera es un formalismo, dando rienda suelta a todo. Tenía 17 años, me hice la pava del colegio, fui al cine porno. A esa edad empezaba a descubrir que no me fijaba en las vaginas, mi fetiche eran las briosas vergas. Corrí al baño urgentemente, pues no aguantaba más. Los gemidos de la película inundaban el sitio y -en medio pajeo- seguía teniendo en mi mente el poderoso miembro de Rocco Sifreddi, en cámara lenta y con sus bolas guindantes, saltando trepidantemente mientras toda su longitud de carne se hundía en una a todas luces apretada chepa, sí, chepa; en esto del sexo hay que decir las palabras como son: duras, crudas, sin huevadas. Toda esta escena de bamboleo escrotal y penetración, adentro de un jacuzzi, con plano central en esa verga y bolas que levantaban y hacían caer aguas, del baño y humanas. Cumplí mi objetivo, pero al salir de mi cubículo habían dos tipos teniendo sexo oral en los urinarios. Me asusté terriblemente, salí del cine casi corriendo. Pensaba que me iba a pasar algo. Era muy chico, obviamente. Luego regresé a los 19 años, la curiosidad hizo que acudiera al único cine que alguna vez exhibió porno gay en la ciudad, en medio de todo el calor y bullicio del Mercado Central. Pasillo del fondo, leve oscuridad: sexo oral, pajas grupales, incluso una pareja heterosexual turnándose el placer de muchos asistentes, fueron algunos atractivos del show en aquella ocasión. Yo solo miraba, y corrí al baño donde el clímax fue una furiosa eyaculación. Tenía terror de que me tocaran, no confiaba en quienes iban ahí, pero me volvía loco todo lo que podía ver. Me había convertido en un voyeurista contumaz, dos o tres veces repetí la experiencia, y de ahí nunca más. Veías señores que parecían ancianos respetables, tipos con pinta de vendedores o visitadores médicos, manes ya más en facha rebelde, había de todo; pero se sentía que, al igual que yo, eran partícipes de un ritual casi secreto en la oscuridad de una sala.
Los colegios religiosos también tienen un componente oculto, podríamos incluirlos en lo protounderground, en la arqueología de las primeras experiencias secretas, pues constituye parte de aquello que no se cuenta, quizá porque representa algo traumático para quien se vio obligado a hacerlo; o como un episodio de viveza criolla para quien sabe manejar las situaciones a su favor, sabiéndose que puede ejercer una posición de poder a pesar de no ejercerla, sobre todo en la época estudiantil. Es increíble la cantidad de historias que he podido conocer de lo que sucede en aquellos lugares. Desde lo más bizarro, hasta lo más gracioso.
En el campo de las infamias, está la historia de un reconocido músico guayaco, quien me comentó que allá por los años 60, siendo un niño de 8 años, tenía como profesor a un cura que jugaba “a las escondidas” con los niños en el “cuarto oscuro”. Este cura hijueputa aprovechaba la ocasión para tocarlos. ¿Por qué nunca dijiste nada a tus padres? “No se podía”, me dijo, “nos tenían engañados con eso del infierno y la obediencia a la religión. Así era en esa época”. Triste. Son las taras que deja el lavado cerebral religioso. Este es tan solo uno de muchos casos. Cuántos niños, hoy hombres, guardaron silencio ante las atrocidades que se cometían en estos centros educativos católicos, siendo lo que me contó mi brother una cosa pequeña comparada con las cosas que se hacían y quién sabe si se siguen haciendo.
Otra historia, otro amigo, mismo colegio: en el San Pepo, como le decían, porque ahí las bolas -como en el juego- chocaban. Tenía problemas para pasar de año, estaba literalmente cagado y sus padres lo iban a masacrar si repetía el año. Él era guapo, digo era porque ya no está en el país y no lo he vuelto a ver; de rasgos finos, atractivo. A sus 17 años seguramente debe haber sido una tentación para cualquier cura pedófilo. El profesor no se inmutó y le propuso dejar todo en números azules y no rojos si se dejaba mamar la verga, así, con esas palabras. Mira tú estos curas… Mi amigo dice que no lo permitió, que se esforzó y pasó de año; no es lo mismo que me contó otro amigo de él, también gay; digo también porque luego comprobaría que mi yunta lo era, pues terminé saliendo con su pana de colegio y él me preguntaba si alguna vez habíamos tenido algo. El asunto me interesó mucho, así que le seguí el juego y luego él me contó la historia. El tipo, que decía que no cedió, realmente era un vago de mierda, y no le importaba un carajo la forma en la que podía pasar de año. Era famoso entre su gallada por “reventar maricones” y este pana que me contaba lo que no sabía del relato también había sido uno de sus “reventados”. Mi amigo tenía fama de cachero y no era tan machito que digamos, según él, porque le encantaba guindarse de la verga como un ternero de lo más oficioso en el arte de succionar miembros. El cura le pegó tremendo mamelucazo en la oficina de la inspectoría, cuando no había casi nadie en el colegio. ¿Viste todo? “Sí, porque él me invitó a sapear. Él y yo, en esa época, éramos casi novios. Tirábamos siempre y quería que alguien lo viera mientras el cura le chupaba el guanzo. Realmente eso era lo que lo arrechaba, que yo mirara. Claro, y saber que iba a pasar de año y que este cura hijueputa ya no era rey, sino él. Ten la seguridad que si él se cruza de nuevo con este sotanudo, nunca lo va a golpear; quizá lo invite de nuevo a pegarse un remember de ese pedazo de mamada que fue realmente de antología”.
Todo esto me viene a la mente sentado en un bus, recorriendo la ciudad, con el viento golpeándome la cara, y recordando que en cada lugar por el que mis ojos pasan mientras la buseta avanza, en cada sitio dentro de éstos, siempre habrá algo de mariconada underground, tapiñada; sobre todo cuando en la última fila de esta carcacha andante, mi novio me propone pegarnos un pajazo mutuo al son de las calles volando por la ventana y de un colectivo casi vacío.
-Jorge Osinaga-
Fotograma de la película porno "Scandal in the Vatican", de los estudios checos Bel Ami.
Otra historia, otro amigo, mismo colegio: en el San Pepo, como le decían, porque ahí las bolas -como en el juego- chocaban. Tenía problemas para pasar de año, estaba literalmente cagado y sus padres lo iban a masacrar si repetía el año. Él era guapo, digo era porque ya no está en el país y no lo he vuelto a ver; de rasgos finos, atractivo. A sus 17 años seguramente debe haber sido una tentación para cualquier cura pedófilo. El profesor no se inmutó y le propuso dejar todo en números azules y no rojos si se dejaba mamar la verga, así, con esas palabras. Mira tú estos curas… Mi amigo dice que no lo permitió, que se esforzó y pasó de año; no es lo mismo que me contó otro amigo de él, también gay; digo también porque luego comprobaría que mi yunta lo era, pues terminé saliendo con su pana de colegio y él me preguntaba si alguna vez habíamos tenido algo. El asunto me interesó mucho, así que le seguí el juego y luego él me contó la historia. El tipo, que decía que no cedió, realmente era un vago de mierda, y no le importaba un carajo la forma en la que podía pasar de año. Era famoso entre su gallada por “reventar maricones” y este pana que me contaba lo que no sabía del relato también había sido uno de sus “reventados”. Mi amigo tenía fama de cachero y no era tan machito que digamos, según él, porque le encantaba guindarse de la verga como un ternero de lo más oficioso en el arte de succionar miembros. El cura le pegó tremendo mamelucazo en la oficina de la inspectoría, cuando no había casi nadie en el colegio. ¿Viste todo? “Sí, porque él me invitó a sapear. Él y yo, en esa época, éramos casi novios. Tirábamos siempre y quería que alguien lo viera mientras el cura le chupaba el guanzo. Realmente eso era lo que lo arrechaba, que yo mirara. Claro, y saber que iba a pasar de año y que este cura hijueputa ya no era rey, sino él. Ten la seguridad que si él se cruza de nuevo con este sotanudo, nunca lo va a golpear; quizá lo invite de nuevo a pegarse un remember de ese pedazo de mamada que fue realmente de antología”.
Otro fotograma de la película porno "Scandal in the Vatican", de los estudios checos Bel Ami.
Todo esto me viene a la mente sentado en un bus, recorriendo la ciudad, con el viento golpeándome la cara, y recordando que en cada lugar por el que mis ojos pasan mientras la buseta avanza, en cada sitio dentro de éstos, siempre habrá algo de mariconada underground, tapiñada; sobre todo cuando en la última fila de esta carcacha andante, mi novio me propone pegarnos un pajazo mutuo al son de las calles volando por la ventana y de un colectivo casi vacío.
-Jorge Osinaga-
16 de septiembre de 2013
De Egipto a Ecuador: las masturbaciones del jerarca
Jem o Khemet era el nombre autóctono de Egipto, que significa “tierra negra”, nombre ganado por el color negro (khem) de las tierras fértiles tras las irrigaciones del Nilo. Las supersticiones que promovieron la momificación de los cuerpos hicieron que los egipcios estudiaran a fondo los productos químicos para su empleo, por lo que muchos piensan que las palabras “química” y “alquimia” -y su práctica- provienen de ahí.
Los egipcios consideraban a su dios Tot -Dyehuthy en egipcio (Ḏḥwty), en griego Tot (Θωθ )- como el guardián de la sabiduría. Los griegos asociaron este dios egipcio con su dios Hermes, protector de la alquimia.
En griego, χημεία (khemeia) significa “mezcla de líquidos”. Khem o Min también era el dios fálico de la fertilidad egipcia, “creador de dioses y hombres” y de piel negra, cuyo culto era de origen predinástico. Como dios de la fertilidad y con ritos orgiásticos, los griegos lo vincularon con su dios Pan. Parte importante del culto a Khem o Min era el empleo de lechugas salvajes de tipo Lactuca virosa y Lactuca serriola que, al ser cortadas, producían un látex que representaba al semen.
Durante los ritos de coronación del Nuevo Reino, se le brindaban honores al dios Khem o Min, y el faraón tenía que “sembrar su semilla”. Muchos piensan que literalmente el monarca tenía que sembrarlas pero otros difieren e indican que debía demostrar que podía eyacular. Se pensaba que este rito garantizaba los desbordes del Nilo que permitían fertilizar la tierra y la correcta agricultura.
¿Se imaginan a nuestros presidentes batiendo fuerte la muñeca frente al río Guayas o en los deshielos del Chimborazo para fertilizar las tierras?
- Jorge Osinaga -
Los egipcios consideraban a su dios Tot -Dyehuthy en egipcio (Ḏḥwty), en griego Tot (Θωθ )- como el guardián de la sabiduría. Los griegos asociaron este dios egipcio con su dios Hermes, protector de la alquimia.
En griego, χημεία (khemeia) significa “mezcla de líquidos”. Khem o Min también era el dios fálico de la fertilidad egipcia, “creador de dioses y hombres” y de piel negra, cuyo culto era de origen predinástico. Como dios de la fertilidad y con ritos orgiásticos, los griegos lo vincularon con su dios Pan. Parte importante del culto a Khem o Min era el empleo de lechugas salvajes de tipo Lactuca virosa y Lactuca serriola que, al ser cortadas, producían un látex que representaba al semen.
El dios Min, antes conocido como Khem. Crédito: Wikipedia.
Durante los ritos de coronación del Nuevo Reino, se le brindaban honores al dios Khem o Min, y el faraón tenía que “sembrar su semilla”. Muchos piensan que literalmente el monarca tenía que sembrarlas pero otros difieren e indican que debía demostrar que podía eyacular. Se pensaba que este rito garantizaba los desbordes del Nilo que permitían fertilizar la tierra y la correcta agricultura.
¿Se imaginan a nuestros presidentes batiendo fuerte la muñeca frente al río Guayas o en los deshielos del Chimborazo para fertilizar las tierras?
- Jorge Osinaga -
4 de julio de 2013
Epicúreos criollos
Pese a que Antonio Borrero fue un liberal curuchupa (cosa un tanto rara, aunque esos eclecticismos en Ecuador no deben sorprender) y también parte de este sistema político atroz, no pudo haber resumido mejor la dinámica de toda nuestra larga historia republicana con esta frase:
“En el Ecuador no es un partido político el que se ha apoderado del Poder y hace la guerra a otro partido político; es tan solo una caterva de bandidos hambrientos y asesinos los que se han adueñado de los destinos del país y de los caudales públicos, sin más objeto que vivir según las leyes de Epicuro”.
-Antonio Borrero-
Expresidente del Ecuador
Tomado de En el Palacio de Carondelet, de Eduardo Muñoz Borrero,
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