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19 de diciembre de 2013

Diario de un gay ‘underground’

A continuación, comparto un texto que publiqué en la tercera edición de la Revista MAX, del XI Festival de Cine LGBT "El lugar sin límites" 2013:



Diario de un gay ‘underground

Como si ser gay en este país no fuera suficiente problema con el qué lidiar, pienso que más aún es ser un gay underground. Ser un gay underground es el gay que aún está dentro del clóset. Así de simple. Ocultos porque a su manera de ver no les queda otra. Los hay solteros, generalmente con doble vida, problemáticos, preocupados porque su trabajo y reputación pueden estar en riesgo. También están los casados o con pareja, algunos tan inteligentes que logran hasta el fin de sus días mantener su anonimato. Son los sorteadores de obstáculos más profesionales que existen, aunque a veces dejan cabos sueltos que terminan en separaciones, divorcios, dolor y –a veces– tragedias. Luego están los liberales, aquellos que dicen no tener ningún tipo de prejuicios con respecto a la libertad sexual; realizan activismo, pero prefieren ejercer la demostración de su sexualidad en el hermetismo, sin darse a conocer como homosexuales. A fin de cuentas, el sexo siempre será algo privado.

Nadie habla de gritar a los cuatro vientos que se es gay, cada cual es libre de definirse y asumirse como quiera; pero de los casos que personalmente he podido conocer puedo deducir que su represión hace que sus encuentros sexuales  furtivos sean intensos. Aquí van algunos de los ritos practicados por los enclosetados: está el habitúe de baños públicos, el más clásico de todos. Su lubricidad la alimenta el exhibicionismo. Conocido es en Guayaquil, al menos entre gays, que es en estos templos de las necesidades biológicas donde mayor cantidad de encuentros borderline existen. Se empieza por chequear los urinarios –en centros comerciales, malecones, universidades, paradas de buses–, para ver si hay algún falo a la vista; si se logra levantar aquí con una mirada lujuriosa, se pasa a los cubículos donde ya se llega a tener actividad sexual de todo tipo. En estos mismos cubículos a veces se pueden apreciar shows de masturbación en los que si uno se entusiasma se es bienvenido para hacerles compañía. Asimismo me pasó cuando salía con alguien.


"Once Upon a Time", mural de Keith Haring en el baño para hombres del Lesbian and Gay Community Services Center de Nueva York, 1989.

“Haremos un guateque encima del retrete”, parafraseando la canción Eres una puta, de Ilegales. Esa fue mi propuesta, no nació de nadie más. Claro que no era nada fuera de este mundo ¿quién no se ha pegado una buena sesión de descarga seminal bien acompañado en el baño de un bar o una discoteca? El baño de una disco sirvió para el propósito deseado. Un picaporte dañado nos obligó a asegurar la puerta con una mano arriba mientras la otra hacía lo propio. El aporte de saber ser atrapados con las manos en la masa –qué masa,  ¡el mazo!– fue lo que más nos avivó. Nunca faltan los cojudos que quieren meter ficha en fiesta ajena. Así que empezaron los golpes. Por cada golpe que alguien hacía a la puerta con el objetivo de entrar, y mientras más la apretaba para evitar que nos molestaran, la cosa subía a niveles de paroxismo. Es increíble la cantidad de lujuria que exuda un baño público en Guayaquil. El sancta sanctorum de la intimidad del macho guayaco es quizás donde uno se pregunta si a todos los hombres de esta ciudad les encanta la “mariconada”, como saben decir, porque ahí esta es ley y su cacareada masculinidad se desvanece. Nunca faltarán miradas, bragueteras o esquivas; ahí muchos son partícipes de esa “mariconada” que desdeñan pero que al mismo tiempo practican. Cómo no olvidar aquella vez, hace muchos años, cuando salía con un pana, acompañado de otras amigas, cada uno dispuesto a vacilar esa noche con ellas; entre cerveza y cerveza mi vejiga ya no aguantaba más y tenía que rendir un sacrificio de descarga urinaria al hocicón dios de porcelana blanca que recibe nuestras ofrendas producidas por el exceso de biela. “Ya regreso. Yo me voy que me meo y, de paso, me la veo”.   Estaba absorto en mi evacuación líquida, cuando entra al baño mi amigo. Quería coca. Estaba meando, y el tipo estaba ahí, a mi lado, parado, casi hipnotizado viendo mi verga orinando; se me puso medio dura, obviamente. Me di cuenta que a él también le gustaba eso que a todos nos gusta, y no era precisamente la coca. Puta madre, le dije que tenía la coca en el bolsillo de la camisa y que la cogiera, no despegó sus ojos de mi instrumento, que se hacía más grande mientras su mano tomaba el polvo de mi bolsillo, sentía que me acarició el pecho, rozando un pezón. Y así dicen que no son ‘mecos’.



Otro rito clásico del gay ‘underground’ guayaquileño es acudir a cines porno. Su cartelera exhibe la más variopinta selección de sexo hetero; sin embargo, en sus butacas se desarrolla otro guion: pajas, solitarias o a mano cambiada. En algunas salas, la constante vigilia de los “sapos” –como les dicen a los acomodadores– lo impide a veces, entonces se pasa a los baños. En otras, la vigilancia ni siquiera es un formalismo, dando rienda suelta a todo.  Tenía 17 años, me hice la pava del colegio, fui al cine porno. A esa edad empezaba a descubrir que no me fijaba en las vaginas, mi fetiche eran las briosas vergas. Corrí al baño urgentemente, pues no aguantaba más. Los gemidos de la película inundaban el sitio y -en medio pajeo- seguía teniendo en mi mente el  poderoso miembro de Rocco Sifreddi, en cámara lenta y con sus bolas guindantes, saltando trepidantemente mientras toda su longitud de carne se hundía en una a todas luces apretada chepa, sí, chepa; en esto del sexo hay que decir las palabras como son: duras, crudas, sin huevadas. Toda esta escena de bamboleo escrotal y penetración, adentro de un jacuzzi, con plano central en esa verga y bolas que levantaban y hacían caer aguas, del baño y humanas. Cumplí mi objetivo, pero al salir de mi cubículo habían dos tipos teniendo sexo oral en los urinarios. Me asusté terriblemente, salí del cine casi corriendo. Pensaba que me iba a pasar algo. Era muy chico, obviamente. Luego regresé a los 19 años, la curiosidad hizo que acudiera al único cine que alguna vez exhibió porno gay en la ciudad, en medio de todo el calor y bullicio del Mercado Central. Pasillo del fondo, leve oscuridad: sexo oral, pajas grupales, incluso una pareja heterosexual turnándose el placer de muchos asistentes, fueron algunos atractivos del show en aquella ocasión. Yo solo miraba, y corrí al baño donde el clímax fue una furiosa eyaculación. Tenía terror de que me tocaran, no confiaba en quienes iban ahí, pero me volvía loco todo lo que podía ver. Me había convertido en un voyeurista contumaz, dos o tres veces repetí la experiencia, y de ahí nunca más. Veías señores que parecían ancianos respetables, tipos con pinta de vendedores o visitadores médicos, manes ya más en facha rebelde, había de todo; pero se sentía que, al igual que yo, eran partícipes de un ritual casi secreto en la oscuridad de una sala.



Los colegios religiosos también tienen un componente oculto, podríamos incluirlos en lo protounderground, en la arqueología de las primeras experiencias secretas, pues constituye parte de aquello que no se cuenta, quizá porque representa algo traumático para quien se vio obligado a hacerlo; o como un episodio de viveza criolla para quien sabe manejar las situaciones a su favor, sabiéndose que puede ejercer una posición de poder a pesar de no ejercerla, sobre todo en la época estudiantil. Es increíble la cantidad de historias que he podido conocer de lo que sucede en aquellos lugares. Desde lo más bizarro, hasta lo más gracioso. 

En el campo de las infamias, está la historia de un reconocido músico guayaco, quien me comentó que allá por los años 60, siendo un niño de 8 años, tenía como profesor a un cura que jugaba “a las escondidas” con los niños en el “cuarto oscuro”. Este cura hijueputa aprovechaba la ocasión para tocarlos. ¿Por qué nunca dijiste nada a tus padres? “No se podía”, me dijo, “nos tenían engañados con eso del infierno y la obediencia a la religión. Así era en esa época”. Triste. Son las taras que deja el lavado cerebral religioso. Este es tan solo uno de muchos casos. Cuántos niños, hoy hombres, guardaron silencio ante las atrocidades que se cometían en estos centros educativos católicos, siendo lo que me contó mi brother una cosa pequeña comparada con las cosas que se hacían y quién sabe si se siguen haciendo.



Fotograma de la película porno "Scandal in the Vatican", de los estudios checos Bel Ami.

Otra historia, otro amigo, mismo colegio: en el San Pepo, como le decían, porque ahí las bolas -como en el juego- chocaban. Tenía problemas para pasar de año, estaba literalmente cagado y sus padres lo iban a masacrar si repetía el año. Él era guapo, digo era porque ya no está en el país y no lo he vuelto a ver; de rasgos finos, atractivo. A sus 17 años seguramente debe haber sido una tentación para cualquier cura pedófilo. El profesor no se inmutó y le propuso dejar todo en números azules y no rojos si se dejaba mamar la verga, así, con esas palabras. Mira tú estos curas… Mi amigo dice que no lo permitió, que se esforzó y pasó de año; no es lo mismo que me contó otro amigo de él, también gay;  digo también porque luego comprobaría que mi yunta lo era, pues terminé saliendo con su pana de colegio y él me preguntaba si alguna vez habíamos tenido algo. El asunto me interesó mucho, así que le seguí el juego y luego él me contó la historia. El tipo, que decía que no cedió, realmente era un vago de mierda, y no le importaba un carajo la forma en la que podía pasar de año. Era famoso entre su gallada por “reventar maricones” y este pana que me contaba lo que no sabía del relato también había sido uno de sus “reventados”. Mi amigo tenía fama de cachero y no era tan machito que digamos, según él, porque le encantaba guindarse de la verga como un ternero de lo más oficioso en el arte de succionar miembros. El cura le pegó tremendo mamelucazo en la oficina de la inspectoría, cuando no había casi nadie en el colegio. ¿Viste todo? “Sí, porque él me invitó a sapear. Él y yo, en esa época, éramos casi novios. Tirábamos siempre y quería que alguien lo viera mientras el cura le chupaba el guanzo. Realmente eso era lo que lo arrechaba, que yo mirara. Claro, y saber que iba a pasar de año y que este cura hijueputa ya no era rey, sino él. Ten la seguridad que si él se cruza de nuevo con este sotanudo, nunca lo va a golpear; quizá lo invite de nuevo a pegarse un remember de ese pedazo de mamada que fue realmente de antología”.



Otro fotograma de la película porno "Scandal in the Vatican", de los estudios checos Bel Ami.

Todo esto me viene a la mente sentado en un bus, recorriendo la ciudad, con el viento golpeándome la cara, y recordando que en cada lugar por el que mis ojos pasan mientras la buseta avanza, en cada sitio dentro de éstos, siempre habrá algo de mariconada underground, tapiñada;  sobre todo cuando en la última fila de esta carcacha andante, mi novio me propone pegarnos un pajazo mutuo al son de las calles volando por la ventana y de un colectivo casi vacío.

-Jorge Osinaga-

27 de mayo de 2012

Tres semanas en un sauna gay

(Publicada en GkillCity.com, el 27 de mayo de 2012). Esta crónica se presentó por primera vez a una importante revista local y no pasó la censura de su consejo editorial nacional -a pesar de haber recibido buenas observaciones de los editores foráneos- aduciendo que su revista “era una revista para hombres”, cuando varias veces se publicaron en ella crónicas que tocan el mundo homosexual, sobre todo en su edición extranjera. Pasa el tiempo y una charla al azar sobre periodismo 'border' me inflamó las ganas de sacar esta crónica del silencio al que lo había condenado la censura. “¿Hablan de periodismo 'border'? Pues esto es periodismo 'border'”. Y así, junto al relato de la prehistoria inquisitorial que el texto experimentó, este pudo ver la luz. Muchos meses antes de la publicación de esta crónica, Guayaquil experimentó -una vez más, como en las censuras roldosistas ochenteras hacia la película La luna, de Bernardo Bertolucci- de un ataque de moralismo rampante por parte de la Intendencia de Policía contra varios saunas de la ciudad que se vieron obligados a cerrar sus puertas. Y para cuando esta crónica se publicó, el sauna aquí descrito ya era tan solo un recuerdo mientras burdeles y night clubs heterosexuales funcionaban y funcionan tranquilamente. ¿Dedicatoria hacia la comunidad GLBT? Si estos locales, que atienden a un segmento sexual mayoritario, funcionan sin problemas  -lo cual está bien y nadie reprocha-, lo más justo es que también dejen funcionar a los que atienden a un segmento sexual minoritario).

Texto Jorge Osinaga
Fotos Gabriel Proaño

“¿Qué te parece una crónica sobre las experiencias en un sauna gay?” “Excelente, eso suena súper bien” responde ella. Así, con esta idea y la pronta réplica de mi editora, empieza esta historia. Ella esgrime una advertencia: “Tienes que escribir en primera persona, ¿qué harás? ¿Te vas a hacer pasar por meco?”. Le respondo: “¡Claro!”. Conversamos algunas veces del tema. Quizá no recuerde mi abierta sexualidad, donde no distingo los géneros. El asunto no será nada difícil, por lo menos para mí. Con Gabo, mi pana y fotógrafo, será otro pito, aunque no lo creo. Lo conozco. Sabe que en nuestra profesión el que no se arriesga no puede hacer nada. Así de simple. Le planteo el tema y contesta con un animoso “¿Quién dijo miedo?”. ¿Cómo dimos con el lugar? Sencillo: agradézcanle a Facebook y a una creciente comunidad GLBT guayaca que empieza a configurar sus espacios, sus negocios, a hacerse presente; desafiando esa socialcristiana moral que por décadas ha dominado al puerto, excluyéndola. Cada vez más de esta tribu surgen restaurantes, espacios educativos, festivales de cine, cafés, bares, discotecas, agencias de viajes y, lo que aquí nos atañe: saunas.



19:30. Un viernes cualquiera. El escenario: una villa al norte de Guayaquil, cercana al aeropuerto. En ella funciona Hooligans spa el más reciente sauna alternativo abierto en la ciudad. Es una casona común y corriente, amplia, y nadie sospecharía nada de no ser por sus ventanas tapiadas y los grandes ficus en el exterior, que desechan miradas indiscretas y protegen la intimidad de sus habitúes. Llegamos al portón eléctrico y dos más arriban al mismo tiempo que nosotros. Están llenos de nervios, nosotros también. Disimulamos no tenerlos, pero se pueden sentir. Un tipo más o menos guapo cuida la entrada principal y junto a él, ejerciendo también la función de cancerbero de ese misterioso mundo, un rottweiler lo acompaña. Surcamos el jardín y entramos al recibidor. Un afiche es el único adorno en él: foto en blanco y negro, dos tipos en un locker room, uno de pie y el otro parece practicarle sexo oral. Sugerente imagen, y junto a ella, otro mensaje igual de sugerente: “$90 Membresía mensual”. La oferta no es para muchos bolsillos. Suena la música, un mix entre David Guetta y Lady Gaga, ídolos musicales gay. Hay gritos y silbidos, ese día es el “Viernes nudista”, una de las tantas ofertas del sitio. La entrada, para ello, cuesta $ 8. Los lunes, el ingreso se hace con $5. El martes es para los que tienen espíritu de combo: hay 2x1, promoción muy de moda en la administración de Justicia y que también aquí se aplica. El miércoles, por $ 7, te incluyen 1 bebida gratis. Los jueves son para los más pelados, con 50% de descuento para menores de 25 años. Sábados y domingos son de destape: $7 con strippers, y los shows son generalmente entre las 19:00 y 20:00. Si tienes la suerte de estar de cumpleaños, ese día el ingreso es gratis. “Qué tal, soy Jonathan, ¿en qué los puedo ayudar?”. La voz es de un veinteañero, y recibe a los clientes. Le explicamos que venimos a hacer una crónica para la revista. Se sorprende, pero lo toma a bien. Llama a uno de los propietarios del local: Miguel. Su edad roza los 30 y desde hace un año está en Ecuador, tras vivir por algún tiempo en Italia. De figura muy atlética, sale sudoroso a atendernos. Además, es el stripper encargado de enseñar su cuerpo durante los shows y administra la parte financiera del negocio. Saludable ejercicio físico y mental. No tiene problema con nuestra visita, eso sí, nos indica que tengamos cuidado con las fotos para no mostrar los rostros de los clientes. No hay drama. Quedamos el domingo.

Llega el día y hay show de striptease. Llegamos un poco tarde y nos perdimos el espectáculo. Esa noche, Alex es el hombre orquesta y nos entrega el “equipo”: un pareo con un pequeño bolsillo –para el celular o los imprescindibles condones– y una toalla, todo de impecable color blanco; más un brazalete rosa con un número y una llave. Gabo como que se asusta. Lo miro y nos matamos de la risa. Encima del counter, unas botellas. Luego de mirarlas, le digo a Gabo, en voz baja: “¿Lubricante…?”. Jonathan nos pide la talla de nuestros pies. “40”, le responde Gabo, yo: “44”. Inmediatamente, el anfitrión saca dos pares de sandalias y coloca encima de ellas el contenido de esas botellas. “Ha sido desinfectante líquido, ve…”. Más risas. Entramos al vestuario, el locker room, lugar alrededor del cual se han idealizado muchas fantasías eróticas y tradicional escenario de infinidad de películas porno. Dos tipos se cambian de ropa. Uno tiene pinta de skinhead, tirando sus 40. El otro, un flaquito trigueño, de máximo 22 años. Pensaba que desde ya iba a ver una escena de película, pero no. Descubrí, con los días, que el sitio es una especie de lobby, un rincón de socialización; en buen criollo: el hueco de “buitreo”. Más claro, donde se “tasa el bulto”. Nos hicimos los cojudos, buscando nuestros casilleros. Esperábamos que ese par se fuera, porque se les salían los ojos. Ya en confianza, empezamos a cambiarnos. En bolas y con el “equipo” puesto encima, fuimos al bar. Decoración sencilla, tonos pastel en paredes y luces. “Hotel California”, de The Eagles, sale expelida de los parlantes. Al fondo de la barra, un plasma exhibe porno. La escena es de estilo leather: dos tipos en un gimnasio hacen de las suyas semivestidos con cadenas, látigos y juguetes. La gente del bar alterna su conversación con un vistazo a la pantalla. Biela a 50 centavos. Buen precio. Gabo pide dos cervezas, Alex las destapa y empiezo a conversar con él. Inauguraron el local hace 6 meses y son el segundo sauna gay que abre en Guayaquil. El primero, “Relax” -su competencia directa-, está ubicado en pleno centro de Guayaquil y funciona desde hace 4 años, aunque se maneja con un perfil mucho más bajo que el que administra. Nada de Facebook, ni croquis para llegar, ni fotos; solo rumorología pura. 6 socios fundaron Hooligans y lo hicieron porque Guayaquil, a diferencia de Quito, no tiene una oferta amplia en lo que respecta a este tipo de locales que, por cierto, son muy buscados por turistas extranjeros, como comprobaríamos más adelante. Después de casi un lustro, alguien tenía que arriesgarse y aumentar el mercado, que en la ciudad es grande. Ellos decidieron dar ese paso. Y lo hicieron con todo, golpeando en la red, que es donde la comunidad gay afianza más sus lazos.

Internándose…

Cerveza en mano, salimos del bar. A la salida de este, una gran escalera de mármol, con paredes pintadas de rojo y una lámpara de estilo art decó coronando su techo, pide a gritos que subamos. Arriba apenas se aprecian los rostros, la luz es tenue y el sudor reflejado en los cuerpos es lo único que permite distinguir a alguien y decidir quién es descartable o no. Delgados, gordos, jóvenes y maduros. Un crisol de colores y razas también: blancos, mulatos, mestizos.



Esa noche hay cerca de 12 clientes, repartidos en varias zonas: la antesala, lugar de conversación y desde donde se puede ir a otras áreas del spa; el sauna, la tradicional caja de madera; saliendo de este, la sala de vapor; de ahí, la sala de cine, un cuarto con un plasma grande y unas pocas sillas, donde permanente se exhibe una variada selección de pornografía gay; y, finalmente, los cuartos privados, donde hay dos opciones: recibir un masaje o ya cuadrar algo más íntimo con alguien que ligues en el lugar. Todas las miradas se posan sobre los dos. “Carne fresca” me diría Miguel. “Ustedes parecen actores porno” le dijo un tipo a Gabo, mientras me internaba en el sauna. Creo que nuestros tatuajes ejercieron gran influencia. Buen cuerpo, atractivo y arte en la piel son combinación fatal para un novato. Me interno en la caja de madera, pero nada pasó. Gabo me pregunta qué tal me fue. Le digo que nada nuevo y lo mismo le pregunto a él. “Puta brother, algunos se me han lanzado, pero ya saben que nada que ver”. Pobre Gabo, lo dejé solo en territorio comanche. Completamente sudado, me dan ganas de ir a las duchas, otro de los escenarios míticos del imaginario homoerótico. No son tan privadas, no buscan serlo. Mientras unos se secan, otros se mojan. Y mojados, pero de lujuria, estaban dos aventureros que sin paro quisieron acompañarme bajo la regadera, eso sí, manteniendo distancias. Aquí no hay toqueteo, el juego es con la mirada. ¿Se acuerdan de los ojos de Bender, de “Futurama”, brotándole del casco? Bueno, acá no era precisamente eso lo que aumentaba de tamaño entre los compañeros de ducha. Si de algo me di cuenta es que por primera vez lograba levantar algo sin las manos, y no soy un caballero jedi. Después de todo, la Fuerza existe.

Cine y vapor

Ya seco, paso obligado por la barra nuevamente. Biela adentro, subo a la zona de vapor; pero antes, echo un vistazo a la sala de cine. Lo que alguna vez fue un dormitorio, me imagino el principal de la casa –con papel tapiz y armarios incluidos– evolucionó en una pequeña pornoteca. El concierto de gemidos que los anteriores inquilinos de la casa seguramente protagonizaban en esa estancia, fue reemplazado por los que produce ahora un plasma. Hay sillas, pero nadie las usa. Los tres únicos presentes en el salón se arriman a las paredes, unos con cerveza en mano, otros, con la mano en modo autocomplacencia. Su atención tiene dos objetivos: los grandes miembros sin circuncidar de los chicos de Bel Ami –productora de la República Checa a la que deberían darle una condecoración por incrementar el turismo gay en ese país–; y la puerta del cuarto, por donde entran nuevos cinéfilos. En este espacio también no suele suceder mucho. Es igualmente una “zona de cacería”.



Para pajas, suficiente mi casa. Quiero ver acción porque a eso vine. Me adentro en la famosa sala de vapor, donde por lo oído ocurren cosas interesantes. Tomo las palabras del poema “Piratería”, del escritor orense Roy Sigüenza, como filosofía muy personal para hacer este trabajo: “Iré, qué importa / Caballo sea la noche”. La oscuridad, atenuada un poco con el débil resplandor azul de un foco externo, se refuerza con el incesante vaho húmedo y caliente. Cerámica, pareos y toallas, todo de color blanco, hace que torsos y piernas sean visibles. Entran dos. Empecé a “buitrear” a mi presa: uno de esos panas está muy bueno, para qué. Un par de colombianos ahí presentes empezó a hacer lo suyo: sexo oral a diestra y siniestra; y nosotros, haciéndoles barra. Esto se volvió porno. Ahora sí me siento como en una película. Mi presa, trigueño tirando 22 años, se acuesta boca abajo en la grada superior. De palpitación en palpitación, mi otro “amiguito” –el de abajo– no podía ocultar lo que en ese momento me pasaba. No me quedó otra que mandar mano a su trasero. “Cuidado se te pierde la mano”, me dijo descaradamente. Lo tomé en buena onda, deduje que a él no le gustó. Salí de la sala. Al rato, inferí que yo era el catalizador del deseo en ese sitio. Ni bien me retiré, la fiesta ahí se acabó. Seguí conversando con Gabo, quien regresó al bar. Para entonces, el “descarado” –así lo bauticé– olvidó su desplante allá arriba como si nada y empezó a hacerme la característica invitación para entrar al combate: inclinación leve de cabeza. Subimos, pero no hizo honor a su apodo: apenas vio nuevos curiosos, salió volando de la sala. Todo se me pasmó, literalmente. Así culminó la primera noche.

Nueva sesión

Otro domingo, otra sesión. Esta vez fui solo y quería experimentar lo que ocurría en el sauna y los cuartos privados. Un hombre joven, con pinta de modelo, acompaña a un tipo mayor a él. “Son pareja”, me dice Miguel. “Van a abrir un nuevo sauna en el centro. Han venido acá a ver cómo funciona todo”. Sabe con antelación quiénes son sus rivales. Las noticias en el mundo gay corren muy rápido y el mercado va creciendo al mismo ritmo. Al igual que en la antigua Roma, me confirma que figuras importantes y no tan importantes del medio acuden al spa. Militares, políticos, policías, gente de farándula se mezclan con los demás clientes o piden reservar el sitio. Las costumbres del viejo imperio aún persisten. La comunidad gay tiene miembros en todas las instancias y ya no es un secreto. Lo que ocurra adentro, sí. La discreción es importante en este negocio.



La voz de Paloma San Basilio suena en el bar. Un tipo que bordea los 40 la imita. “La española” le dicen, a parte de su gymkhana, porque vivió en la península cerca de dos años. Alterna vídeos de la diva con otros de Máximo Escaleras, los hermanos Miño Naranjo y Fresia Saaavedra. No se nota que extrañaba Ecuador. “Afuera soy todo un señor, pero acá adentro me al-bo-ro-to”, grita y baila. Junto a él, un chico de apariencia veinteañera, tipo europeo, estatura normal, grandes ojos verdes. Quedamos prendidos. Se llama Manuel, y es ejecutivo en una empresa local. Conversamos y nos vamos conociendo. Acordamos ir al sauna. “La española”, metida, nos siguió y con él, otro amigo. Llevaba consigo una cerveza helada. La regó encima de mi espalda, mientras Manuel y yo combinábamos el calor de la sala con el de nuestros cuerpos. Nunca había hecho eso en un sauna, ni nadie –aparte del día que Ecuador clasificó por primera vez a un Mundial de fútbol– había desparramado sobre mi humanidad alcohol; claro, con fines sexuales. Quiero algo más privado, así que paso con Manuel a las habitaciones. “La española” nos sigue. Le cerramos la puerta, pese a sus ruegos. Una cama de cuero azul, una luz del mismo color y un rollo de papel higiénico son los únicos elementos en él. Apagamos la luz y dejamos que el rumor de la calle y la iluminación de los postes fuera lo único ajeno a nosotros que entrara en ese rincón. Ahí, extendimos nuestro deseo por más de una hora, perdiendo la noción del tiempo, llegando al punto que tuvieron que tocarnos la puerta para decirnos que el spa estaba cerrando sus puertas. Conocí a profundidad lo que pasa en la sala de madera caliente y en los habitáculos privados. Dos días, y ya había hecho demasiado; pero aún faltaba más.

Sexo en vivo

Primer domingo de febrero. En Facebook circula la noticia: “Fiesta de Sexo en Vivo”. No podemos tomar fotos, así que nuevamente me aventuro solo. Arribo a las 19:30. La entrada a la celebración se garantiza con 12 dólares, lo que incluye barra libre de cerveza y piqueos. Me topo de nuevo con “La española” en la entrada. Lo saludo y me interno en el vestuario. Desde ahí veo lo prometido en las duchas: una pareja da un show de sexo oral bajo las regaderas. En él, muchos ojos quieren ver cómo está el nuevo ejemplar de la noche. Con el “equipo” encima, voy al bar, a pedir la respectiva dorada. En el trayecto hacia la barra veo bastante: en un colchón de agua, una pareja practica el arte del anilingus; para los que no saben latín, el famoso “beso negro”; y en la antesala del bar, dos colombianos regalan un festín oral a “la española” y un veterano. Algunos, desnudos; los que no, disimulan el “efecto carpa” con sus toallas o pareos. Arriba, la sala de cine es el epicentro de la acción. Dos parejas rinden culto a Príapo, como tratando de imitar lo que aparece en la pantalla. 3 chicos observan. Uno me llama la atención. Es delgado, muy joven. Se llama Dan y tiene 18 años. Cabello oscuro, apariencia punk y dos piercings: uno en la oreja y otro en una ceja. Es tímido y se ve tranquilo. Eso me gusta, no quiero a nadie desaforado. Conversamos mucho y nos besamos. Decidimos subir al sauna. Una vez dentro, el calor hace efecto. Deseo y sudor son un excelente cóctel.



La puerta de la sala se abre y él se cubre. Nuevamente le indico que no pare bola. Sigue preocupado por sus amigos, tiene miedo que lo vean desnudo. Razón tiene: si a mi me quisieron meter mano, a él mucho más. Su dotación, para su edad, es más que obvia y muy “tocable”. Salimos de ahí. Me meten mano por todos lados. Vamos al bar, veo el rostro de un poeta y nuevamente al promotor de cómics. Me ven y huyen despavoridos. Tomamos de nuevo unas cervezas y escapamos al gimnasio. No hay nadie y hacemos nuestro show. Alguien se acerca, curioso, y disimula hacer ejercicio en las máquinas. No nos molesta, dejamos que vea, pero siente que está de más y se aleja. Dan pide mi número, lo llaman insistentemente y nos despedimos. Me quedo hasta tarde. Un tipo mayor, blanco, y otro colombiano moreno despliegan su lujuria sobre el colchón de agua: café con leche y leche con café. La cosa sigue de largo pero poco a poco va bajando de tono. El bar congrega a los últimos clientes. Me despido de Alex, de Miguel y de mis tres semanas de internación en el underground gay. Paso la prueba. No hay miedos. Arriba, el vapor emana sus vibras, llama a la gente como una neblina mágica que conjura a los exploradores… así, la fiesta sigue y seguirá en Hooligans.

3 de diciembre de 2007

Augusto San Miguel: Héroe de un cine invisible

 Publicado en Revista Diners, N° 307, diciembre de 2007


Augusto San Miguel Reese

Hace 83 años, en medio de fuertes convulsiones sociales y económicas, y la antesala a una revolución que modelaría varias de las instituciones del Estado contemporáneo, el 7 de agosto de 1924, estalló en Guayaquil un bombazo de imágenes producidas totalmente en nuestro país: el comienzo de la historia del cine de ficción ecuatoriano. Su protagonista: un ecuatoriano también, el dramaturgo y actor Augusto San Miguel. Tuvieron que pasar 82 años para que se diera un “reconocimiento oficial” a esa “aventura imposible” -como siempre califican los pesimistas a cualquier iniciativa visionaria que se realiza en nuestro país- como el Día del Cine Ecuatoriano (1) y para que el fundador del arte fílmico nacional tuviera con su nombre un premio que reconociera los mejores trabajos cinematográficos del país (2). Formalismos a parte, necesarios pero no únicas fuentes de reivindicación histórica, lo importante es profundizar en el personaje y los hechos que configuraron el precedente del cine ecuatoriano.

Un niño rico que soñaba con las tablas

Augusto San Miguel nació en Guayaquil el 2 de diciembre de 1905 y murió muy joven, en esta misma ciudad, el 7 de noviembre de 1937. A decir de Hugo Delgado Cepeda, periodista e investigador porteño que posee quizás la mayor cantidad de documentación sobre San Miguel, fue un gran bohemio, viajero y aventurero, gracias a la comodidad que le dio el haber nacido en una próspera familia.

“Su familia era propietaria de la gran hacienda de La Saiba, al sur de Guayaquil. El padre de San Miguel, al morir, dejó una gran fortuna a su viuda y a su hijo. La madre viajó a Europa y la vida disipada de San Miguel hizo que él gastara mucho del dinero de su madre”, comenta Delgado.



Una rara foto de San Miguel proporcionada por Hugo Delgado Cepeda.

La curiosidad de San Miguel por el arte empezó con el teatro: era un apasionado de este arte y comenzó interpretando papeles pequeños y luego fundó su propio grupo. Escribió, además, diversas obras teatrales como El último bohemio (1930), Sombras, Tercer cuartel (1936), Yo no soy comunista, Almas bohemias, entre otras. Por el lado del cine, sus grandes influencias fueron el cine mudo francés, las producciones de Hollywood y el bagaje fílmico alemán de los años veinte, que pudo observar durante una estadía en Europa, donde quedó cautivado por las imágenes en movimiento. La revelación del cine, sumada a su pasión por la actuación y la amplia posibilidad que le daba su fortuna, fueron la amalgama perfecta para emprender un proyecto fílmico en un país donde nunca se había producido algo igual.

El estreno y sus detalles

La mañana del 7 de agosto de 1924, el país amanece con una noticia realmente interesante. En el periódico más importante de Guayaquil y del país en aquella fecha, se anuncia “la primera película nacional de argumento que se presenta en la pantalla cinematográfica, iniciación de nuestro arte mudo(3).

Ese día y a la edad de 19 años, San Miguel estrena El tesoro de Atahualpa en los teatros Edén y Colón. El filme era una historia de aventura, basada en la popular leyenda sobre el paradero del oro que se pretendía pagar como rescate del último emperador inca y que se cree fue enterrado en algún lugar ignoto del país.




Anuncio del estreno de El tesoro de Atahualpa en diario El Telégrafo.

San Miguel se convirtió con esta película en el primer director, productor, actor y guionista del cine silente nacional y protagonizó el papel de Jaime García, un médico que descubre la misteriosa ruta al tesoro. Evelina Orellana (su nombre artístico, porque el verdadero era Evelina Macías Lopera) fue la principal actriz del filme y se convirtió en la primera actriz del cine mudo ecuatoriano. También participaron Anita Cortés, Julia Stanford, el holandés Arie Van den Enden como el extranjero malo, el boxeador Manolo Vizcaíno como el bueno, el cómico P. Chevasco de la localidad costeña de Ancón, y F. Zaldumbide como el Indio Ramanchen.



Evelina Orellana (Evelina Macías Lopera), primera actriz del cine silente ecuatoriano.
Foto del archivo de Hugo Delgado Cepeda.

Los ensayos de simulación mímica -porque no había necesidad de parlamento o diálogo- fueron realizados en un local de pelota vasca ubicado en la esquina de Rocafuerte y Tomás Martínez (actual “Zona Rosa”), propiedad de unos españoles de apellido Solá, cuenta Delgado Cepeda, cuyo padre vivía a dos cuadras de ahí y estaba al tanto de las novedades de la filmación. Las locaciones para la película fueron el Paseo de las Colonias -actual Malecón Simón Bolívar-, el río Guayas, la antigua estación de trenes de Durán y algunos parajes selváticos de la Costa.



El teatro Edén, de Guayaquil, en 1924.
La obra se estrenó simultáneamente también en el teatro Colón.

El estreno de la película fue un acontecimiento, “una novedad en todo el país” señala Delgado, “sin embargo, en esa época nadie estaba acostumbrado al cine y la proeza no tuvo la repercusión esperada”. La fortuna de San Miguel y de su madre prácticamente quedó invertida sin frutos, pero no fue obstáculo para que nuevas producciones de la Ecuador Film Co., productora que fundó San Miguel y de la cual era gerente y propietario, llegaran nuevamente a los teatros.

¿Qué pasó con las películas?

El mismo año del estreno de El tesoro de Atahualpa, 1924, San Miguel filmó y estrenó en Quito la película muda Se necesita una guagua, y luego, en 1925, Un abismo y dos almas. Después de eso, las titánicas empresas fílmicas de San Miguel fueron abandonadas y se dedicó nuevamente al teatro y a sus andanzas bohemias, tanto en el puerto como en el mundo, que al final le pasaron factura el 7 de noviembre de 1937.

De las películas sólo quedaron rumores y la imperiosa necesidad de su búsqueda. Delgado Cepeda emprendió la iniciativa para encontrarlas en la década del 60 del pasado siglo. Con resignación, recuerda: “Me reuní con Teodoro Alvarado Olea, padre del actual director de revista Vistazo -que también era productor de cine- para hallar las filmaciones pero no dimos pie con bola. En los años 20 se producían grandes incendios y las películas venían con un tambor metálico que se calentaba y el celuloide se derretía, se hacía gelatina, se pegaba; por eso es que había muchos incendios en las cabinas de proyección”.

Si el paso indolente del tiempo puede destruir unas cintas, no puede acabar con las esperanzas de hallarlas. Aún hay pistas de su paradero. En el documental Augusto San Miguel ha muerto ayer (2003) del cineasta quiteño Javier Izquierdo, uno de los familiares de San Miguel señalaba que, si se desea empezar una búsqueda de las películas de este pionero, probablemente la clave sería el camarógrafo chileno Roberto Saa Silva, quien participó en la grabación de El tesoro de Atahualpa y los otros filmes de San Miguel, ya que él hacía de distribuidor y mantenía copias para las proyecciones en Quito y Cuenca.



Roberto Saa Silva, en una foto que salió en el anuncio el día del estreno de “El Tesoro de Atahualpa” en diario El Universo.

De Saa Silva, quien además era cantante y pintor, se sabe fue una figura clave en los inicios de la cinematografía andina. Luego de su trabajo con San Miguel, el chileno viajó a Hollywood. Ahí fue actor de las versiones en español de las cintas Monsieur Le Fox y Presidio, en 1930 (4). Llega nuevamente a Sudamérica y en 1939 dirige la película sonora El vértigo de los cóndores en Perú. En Colombia es director de los filmes Allá en el Trapiche (1943), Anarkos (1944) y Pasión llanera (1947) (5).

Muchas de sus cintas, al igual que las de San Miguel, se perdieron. De ellas sólo se conservan 28 minutos de rodaje de los 85 totales de Allá en el trapiche en la Cinemateca Distrital de Bogotá, en Colombia. Se desconoce el año y lugar de la muerte de Saa Silva, pero Delgado Cepeda señala que vivió entre Antofagasta y Valparaíso, en Chile y que, si existen copias, éstas podrían estar allá. “Sólo habría que investigar si Saa tuvo descendientes para localizar las películas”, comenta. Las claves para hallar algo tal vez apunten al país del sur...

La leyenda

Sin embargo, también existe la posibilidad de que estas claves se encuentren en nuestro país y yaciendo en una tumba. La madre de San Miguel, desde hace medio siglo, descansa en el Cementerio General de Guayaquil. Según sus parientes, antes de morir pidió ser enterrada con las pertenencias de su hijo único, las que cuidaba con sumo cariño y recelo. Se deducía entonces que las películas podrían estar con ella. En el año 2003, con permiso de la Sanidad y la venia de los familiares del cineasta y su madre, por motivo de la filmación de Augusto San Miguel ha muerto ayer, se exhumó la tumba de la madre del director para ver si la leyenda en torno al paradero de las películas olvidadas podría acabar ahí. No se halló nada. Se decidió entonces buscar en la tumba de San Miguel, pero por temor no se accedió a hacerlo.

Esté en una tumba o fuera de las fronteras, la obra de San Miguel puede hallarse todavía. Las entidades responsables del cine nacional tienen esa misión, para que en una no tan lejana e imposible transposición del tiempo podamos observar algún día la primera película con argumento del Ecuador y nunca más se diga que San Miguel fue héroe de un cine invisible que se dio por perdido.

- Jorge Osinaga -

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Notas:

(1) El Acuerdo Ministerial N° 507, firmado por el ministro de Educación Raúl Vallejo, el 17 de octubre de 2006, instaura el 7 de agosto como Día del Cine Ecuatoriano.
(2) El 25 de mayo de 2006, el Ministerio de Educación crea el Premio Cultural Augusto San Miguel.
(3) Diario El Telégrafo, jueves 7 de agosto de 1924, anuncio del estreno, página 3.
(4) Rito Alberto Torres, Avances en la preservación del patrimonio audiovisual colombiano, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.
(5) Emilio Bustamante, Retratos de familia. El cine en los países andinos, pág. 5, Biblioteca Digital Andina (Comunidad Andina de Naciones).