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19 de febrero de 2014

El árbol de guayaba, Urdesa, la destrucción del barrio y el paso del tiempo

Ayer recordé el viejo árbol de guayaba que alguna vez dio sombra a mi casa, una de las primeras de Urdesa. De las experiencias que en el hogar sabían contar, el sector de las Lomas y el que lo rodea era lo más parecido a un Cerro Blanco en miniatura; claro, no tan depredado como actualmente está ese lugar luego de haberlo invadido La Cemento Nacional, hoy Holcim, que después pretendió darse un baño de conciencia creando su bosquecillo protector como "parque de diversiones" ecológico (de distracciones mejor, en su concepto más amplio y maquiavélico), mientras seguía dinamitando y explotando una buena parte de la cordillera de Chongón-Colonche, al igual que otras canteras.

Allá, en la Urdesa de los 60, a veces las serpientes amanecían guindadas en las rejas de las ventanas de la casa; en algunas ocasiones los abuelos vieron tigrillos paseando por una calle que hoy es un infierno de tráfico vehicular y que antes fue de tierra; mis tíos cazaban venados en Urdesa norte; y mi abuelo me decía que, por las noches, podías escuchar el rumor de las conchas abriendo y cerrando sus valvas en el cercano estero Salado, en una especie de concierto salvaje de castañuelas. Después, en la década de 1970, el entorno natural de las Lomas sería destruido por la creciente urbanización, tal como la primigenia Urdesa devoró viejas zonas de manglar. No todo tiempo pasado fue mejor y nada -al menos que demos un viraje mental- está libre de nosotros, la plaga humana, ni de la sed por hacer dinero sin conciencia.


Urdesa en sus inicios. Esta foto, cerca de 1959.
Fuente: Universidad Católica Santiago de Guayaquil - Facultad de Arquitectura y Diseño
Trabajo de Graduación "Evolución Histórica-Urbana-Arquitectónica Urdesa Central 1955 - 1980, de Yelitza Naranjo Ramos y Gilda San Andrés Lascano .


A pesar de esto, algo se conservó de esa flora original; al menos en el viejo hogar. Dos árboles dominaban a la entonces flamante casa: un enorme caucho y, en su parte trasera, un guayabo. Del primero no tengo memoria pues aún no nacía, pero mi madre sí; también lo amó y, al igual que yo tiempo después, lloró cuando tuvo que ser derribado por moribundo y no por las emergencias económicas sufridas en mi familia tiempo después a causa del canalla accionar del sinvergüenza hijo de un expresidente de la República y de su padre -socios de mi abuelo en una de las primeras compañías pesqueras del país- quienes, al parecer, nunca se dieron ni por enterados de los conceptos de la amistad o la confianza. Siempre me dije que no era raro que sucediera algo así, pues ¿qué más se podía esperar de gente que, en su comprobada e histórica genética, tiene una tara maldita alimentada por la ambición y el poder que termina por dominarlos como una metástasis? La gente peca de ingenua y la lealtad jamás será garantía de nada.


Mi madre -segunda desde la derecha- junto a dos de sus primos y una amiguita, en el patio frontal de la casa, en 1962. La calle Cedros y un vehículo, al fondo. Nótese la ausencia de rejas o muros, así como los solares vacíos.


El jardín perimetral de la casa, con los años, pasó por una metamorfosis: de su verdor de repente "crecieron" ligeras vallas metálicas blancas, luego las vallas se convirtieron en muros, y finalmente el patio terminó por mutar a locales comerciales. Las necesidades, las putas necesidades, consecuencias de lo que se suelen llamar "malas juntas"; o quizás producto de un desesperado y natural instinto de supervivencia ante una circunstancial adversidad. La ciudad creció, la gente cambió y se lleno de paranoia.

Luego vinieron los niños, poblaron nuevamente la vivienda y la llenaron de alegría a pesar de las dificultades. Y ahí estaba yo, pequeñito, por cuatro años rey absoluto hasta que vino al mundo mi hermano. Las cosas que más rememoro de esos tiempos eran el amplio jardín y el árbol de guayaba con su aroma. La abuela me hacía papillas y jugos con sus frutos. El abuelo pedía que le prepararan un dulce parecido al de membrillo, pero con las guayabas que nos regalaba ese gigante; bueno, no sé si era gigante, pero a esa edad lo veía enorme. Y lo abrazaba. Era la fortaleza de mis soldaditos de juguete, también una enorme base espacial flotante cuyos entresijos eran las bahías de aterrizaje de mis imaginarias naves estelares.




El jardín abierto luego pasó a ser enrejado. Imagen del octavo cumpleaños de mi mamá, en 1967. Algunas de sus amigas y primas en la foto.


Después de saludar a la cacatúa gris, esa que el abuelo decía que parecía una bruja pero que para mí era el ave más tierna y cuyos plumones naranjas a los lados de su cara asumía eran dos cachetes pintados, iba a darle mis respetos al gran árbol. A veces me acostaba en el suelo del patio trasero bajo ese coloso vegetal -contrariando a la abuela que, cuidadosa y a veces hasta neuróticamente, siempre pasaba alcohol y desinfectantes en los pisos antes de que "el bebe" se lanzara sobre ellos- y me quedaba por un buen rato viendo cómo su copa se movía con el viento, escuchando el susurro de sus hojas mientras pequeños puntos de luz solar no pedían permiso para pasar entre ellas. Levantaba mis brazos y movía mis dedos siguiendo los bordes de sus ramas; me gustaba calcarlo en el aire.




Las Lomas de Urdesa cuando todavía estaban llenas de vegetación, vistas al fondo de la foto desde Urdesa norte. La imagen corresponde a la graduación de primaria de mi mamá, en 1970. Fue tomada en los patios de la escuela Moderna. 


Los días largos y de vagancia en casa terminaron, tocaba ir al jardín de infantes. Un día, regresando de clases, el árbol ya no estaba. Lo único que había en su lugar era un poco de tierra tapando el hueco que se formó tras haber sido arrancado. Empecé a llorar, a gritar. ¡Por qué mataron a mi árbol! ¡Ya no habrá jugo, ni papillas, ni dulce de guayaba! ¡No tendremos sombra! Los abuelos y mis padres me consolaron, me dijeron que tenía hongos, que estaba muriéndose y que era peligroso seguir teniéndolo porque podría venirse abajo y tumbar parte de la casa. Les creí. Afuera, en el parterre, cruzando la calle, estaban los vestigios de mi amigo: un montón de ramas cortadas y su talado tronco que luego serían recogidos por un viejo trabajador municipal que pasaba todos los días con una destartalada carreta recolectora de basura. Años después, supe que había sido extraído del patio porque se necesitaba más espacio para la casa, víctima de los locales comerciales que sin otra posibilidad tuvieron que construirse en el patio delantero para superar los apuros financieros, luego del atraco que sufrimos a manos de ese expresidente y su hijo delincuentes.

Ahora que Urdesa está atravesando un sistemático proceso de cambio de su faz en la que su identidad arquitectónica está siendo destruida o borrada precisamente por esas "necesidades", por el "comercio", por el "progreso" a ultranza y sin miramientos, inevitablemente viene a colación el asunto del árbol de guayaba y aquellos valores subjetivos, emocionales, ligados a esos elementos inherentes a nuestras vidas y entorno; con los que forjamos un eslabón especial: un jardín, una casa, un barrio, gente y vivencias. Casas con líneas arquitectónicas del movimiento moderno, aunque un poco tardías, de fines de la década de 1950 e inicios de los 60, están desapareciendo. Son reemplazadas por pastiches guacharnacos de aluminio y vidrio que borran de un brochazo -con permisos de construcción o remodelación irresponsablemente otorgados por el actual Municipio y la pasividad absoluta del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural- todo aquello que alguna vez representó parte de la esencia del barrio.





Algunas muestras de lo que Daniel Adum Gilbert con toda justicia -y coincido con él- ha llamado la “degeneración urbana” de Urdesa. Más ejemplos de la destrucción urdesina, dando clic aquí. Fotos: Daniel Adum Gilbert.

No sé si el desmadre y descuido patrimonial que vive Urdesa a lo mejor es una velada venganza de Jaime Nebot hacia el barrio donde vivió su -en algún momento- protector y mentor, León Febres-Cordero, producto de esa famosa frase esgrimida por el "felino" en las reñidas elecciones presidenciales de 1996 que Nebot tanto ansiaba ganar en segunda vuelta contra su archienemigo Abdalá Bucaram, y que según los más perspicaces politólogos le costó al actual alcalde guayaquileño no poder llegar al solio de Carondelet. Sí, nos referimos a aquella "perla" del florilegio partidista ecuatoriano en la que Febres-Cordero "pontificó" diciendo que quienes votaron por Bucaram en la primera vuelta fueron "el lumpen, prostitutas, marihuaneros y ladrones". La sentencia marcó un distanciamiento polar entre el león y su gatito.

Quizás el aumento de los corredores comerciales en esta zona residencial en 2002 fue otra venganza más de Nebot hacia el barrio del antiguo "dueño del país", como le decían sus adversarios e incluso colaboradores; porque, a pesar de sus innumerables infamias, hay que reconocer que con Febres-Cordero como alcalde solo la avenida Víctor Emilio Estrada era el único corredor comercial de Urdesa por ordenanza municipal desde 1993 hasta antes del 2002, con algunas excepciones en otras calles en las que ya existían negocios previos a la medida. Bajo la administración municipal de Nebot se dio el boom comercial actual y el consiguiente quemeimportismo cuando llega la hora de meter mano a las fachadas de las otrora hermosas casas que hoy son quimeras estilísticas sosas.    

Por otro lado está la calma con la que Patrimonio Cultural mira este asunto. Tienen estudios sobre la zona, saben que en Urdesa hay una cantidad apreciable de inmuebles que pueden ser considerados patrimoniales, pero nada se hace; y si se está haciendo algo, pues está tomando demasiado tiempo. Cada semana, cada mes, una casa de líneas únicas termina convirtiéndose en un bodrio.

Nadie está satanizando el comercio en la zona. Tiene que haber un equilibrio entre las ordenanzas de corredores comerciales, los permisos de construcción y remodelación y la clasificación del patrimonio. No es nada complicado, simplemente dos instituciones tienen que unir esfuerzos. Si no lo hacen, quiere decir que la politiquería y rivalidades están por encima de las comunidades, personas y responsabilidades que dicen atender.

En tiempos en los que se reclaman ciertas competencias para los municipios -reclamo que incluso ha sido uno de los caballos de batalla de la administración nebotil- pues vendría de película que la misma Municipalidad se encargara del asunto patrimonial. ¿Quién mejor que el Cabildo (que da los permisos de construcción, que conoce las características de los predios, que define los usos de suelo, los corredores comerciales y residenciales y más etcéteras de una ciudad) para que asuma la responsabilidad de proteger y categorizar el patrimonio arquitectónico de Guayaquil?

A veces pienso que no desean asumir ese tema, porque es posible que al hacerlo entren en conflicto con su agenda, con lo que el canon de la regeneración urbana socialcristiana manda: una ciudad de cemento nuevo, que ve a edificaciones antiguas y hermosas como cosas viejas, desechables y que "afean" la estética miamiesca que desean implantar a rajatabla en Guayaquil; total, da la impresión que para ellos la memoria solo es una "cosa" que debe estar encerrada y acumulando polvo en museos y bibliotecas, y que se explota únicamente en tiempos electorales.




En 1988, la inminente demolición del emblemático hotel Senator (en la foto, durante la década de 1960) para reemplazarlo por un parqueadero hizo que una buena parte de la comunidad de Miami, se levantara para evitar un atropello patrimonial. Sí, la misma Miami que el socialcristianismo tiene como modelo. Foto: Herb Scher, 2011.


Podrán esgrimirse todos los argumentos posibles para justificar esta vorágine de desmemoria y destrucción: la libertad de los dueños de hacer con sus viviendas lo que sea, las necesidades económicas de las familias propietarias de los inmuebles, el aumento del impulso comercial de la zona; pero hay cosas que pueden hacerse sin afectar estos puntos que la mayoría de las veces se levantan como grandes barreras y excusas para mantener irresponsablemente el actual descalabro de la memoria e identidad de Urdesa. En cualquier ciudad que se precie de ser considerada más allá de "cosmopolita" y "turística", sino verdaderamente consciente de lo que la hace e identifica, se mantienen las fachadas de los antiguos edificios precisamente por su valor cultural, patrimonial e identitario. En otras metrópolis, dentro de estos inmuebles sus dueños pueden hacer las remodelaciones y trabajos de construcción que quieran, pero aquellas fachadas que poseen características únicas y destacadas se conservan. Es algo simple y sencillo. Es lo mínimo y más elemental que se pide. Solo eso.




Sin embargo, el viejo hotel Senator se demolió y un horroroso parqueo lo reemplazó. Hoy, esto es lo que ahí queda. Pero las movilizaciones de Miami de 1988 no fueron en vano. Al final, gracias a la concienciación que artistas y moradores lograron con sus protestas, se pudo proteger la arquitectura del distrito Art Deco al convertirlo en una zona patrimonial. Comunidad y Municipio dialogaron y llegaron a acuerdos. Foto: Herb Scher, 2011.


Pero no hay que depender de la desidia institucional política local o nacional. A veces el simple accionar individual o el deseo de no hacer merma de lo que se sabe es algo único, pueden hacer mucho más que pedir acciones a entes burocráticos a los que no les importa mover un dedo en ciertos temas. Sin irnos más lejos y tomando como ejemplo a Miami, una ciudad que el catecismo urbanístico socialcristiano ha elevado a sus altares, fueron los mismos habitantes de esa urbe estadounidense los que decidieron tomar cartas en el asunto a fines de la década de 1980, cuando a la especulación inmobiliaria le importó un rábano aquella joya arquitectónica que es su distrito Art Deco. Bastó con que a un histórico hotel quisieran convertirlo en un horrendo parqueadero para que la comunidad entera se movilizara y llegara a acuerdos con la administración local. Lamentablemente el edificio fue demolido, pero se logró declarar al distrito Art Deco de aquella ciudad de la Florida como una zona de arquitectura protegida.

Ojalá no tengamos un día que pasar por lo que un niño urdesino vivió hace 26 años: contemplar acongojados y llenos de lágrimas los restos de un árbol y parte importante de su memoria afectiva tirados en un parterre, arrumados en sacos y listos para el basurero; pero esta vez convertidos en despojos de toda una comunidad y su identidad, por aquel mismo pretexto de las "necesidades" sin una visión más amplia.

- Jorge Osinaga -

Para más información:

Un registro de lo que queda de la Urdesa original podrán verlo en este link. Es el adelanto de un libro que Daniel Adum Gilbert, artista guayaquileño y urdesino, está preparando sobre el barrio. Algunas cosas simplemente han desaparecido.

8 de febrero de 2014

El enigmático padre del escritor Jorge Enrique Adoum

Rodolfo Pérez Pimentel publicó un artículo (Revista Memorias Porteñas, Diario Expreso, Guayaquil, 2 de febrero de 2014) sobre el misterioso "Mago JEFA" (por sus siglas), Jorge Elías Francisco Adoum, destacado místico y esoterista libanés que tras su exilio del lugar natal se radicó en Ecuador para luego terminar sus días en Brasil. Lo único que a Pérez Pimentel se le escapó es que el Mago JEFA era el padre del también reconocido escritor ambateño Jorge Enrique Adoum.

(Para ver el artículo en tamaño más grande, hacer clic aquí).


27 de enero de 2014

(Lo que le faltó) al fascismo en el Ecuador

Al artículo de Pedro Saad Herrería (Revista Memorias Porteñas, Diario Expreso, Guayaquil, 26 de enero de 2014) solamente le faltó una cosa: tratar el vínculo del actual Banco de Guayaquil -en los primeros años del siglo XX se llamaba Banco Italiano- con la Italia fascista, pues el gobierno de Benito Mussolini quiso en algún momento nacionalizar el banco.

Jenny Estrada ofrece algunas luces alrededor del fascismo italiano en sus libros Los italianos de GuayaquilII Guerra Mundial - La lista negra en Ecuador, pero sospecho que en este aspecto aún hay muchas cosas por desentrañar; sobre todo cuando algunas de las familias económicamente más fuertes de Guayaquil y uno de los bancos actualmente más grandes del Ecuador están involucrados. Penumbras que suelen siempre aparecer.

Les dejo el artículo en mención (para verlo más grande, clic aquí):


18 de enero de 2014

Gabriel García Moreno en el "Bestiario tropical"





"Gabriel García Moreno gobernó al Ecuador 16 años
como un monarca absoluto y su cadáver fue velado
con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones
sentado en la silla presidencial"

Gabriel García Márquez



El siguiente es un texto extraído del libro Bestiario tropical (Ediciones Gamma, 1986, 168 páginas), del escritor colombiano Alfredo Iriarte. A don Gabo le sacan la recontramadre. Es realmente una joyita. Disfrútenlo.


 Gabriel García Moreno. (Foto: Wikipedia.org)




Se dice que Gabriel García Moreno nació en 1821 en Guayaquil (Ecuador) y que jamás incurrió en el “desliz” de una sonrisa, y mucho menos en el “escandaloso impudor” de una carcajada. Al menos Hitler, Himmler, Khomeini, Pinochet, Nerón o Calígula, por lo menos reían cuando crucificaban, o asaban o empalaban a sus enemigos, o degollaban esclavos. Nerón rió cuando mató a patadas a Popea, su esposa; y cuando le sacó las tripas a su madre, Agripina.

Gabriel no tuvo infancia pues, mientras los demás niños jugaban, él dividía su tiempo entre rezar a hurtadillas y estrangular pajaritos con la mayor lentitud posible, para disfrutar los estertores de la agonía. Como estudiante fue el primero del curso, pero también fue lo que llamamos chupa, por lo cual fue designado bedel, cargo que ejerció con celo encarnizado de terrible delator. Un día un compañero le enrostró las vilezas diarias de su ruin labor y Gabriel lo cogió por los cabellos y lo arrastró hacia los inodoros, donde lo metió de cabeza hasta casi asfixiarlo entre el mierdero rebosante.

Tampoco tuvo juventud por su alma áspera, fanatismo religioso y mirada de serpiente. Tenía cierta prestancia, pero la esquiva y arrogante aristocracia quiteña lo toleraba pero no lo admitía en su redil. Sus ímpetus arribistas se estrellaban con el obstáculo ingente de su nula simpatía; de su talante áspero, como si se hubiera chupado cien limones.

Para poder ascender a la vanidosa cúpula social se hizo clérigo por medio de lo que se llamaban “órdenes menores”: lector, exorcista, acólito. Pero el ascenso social siguió vedado, porque la sotana no cambió su carácter inmamable. Pensó en ser obispo pero, al notar que la sociedad aún lo rechazaba, dejó el seminario para intentar el ascenso como laico.

Se hizo abogado y su ojo aquilino fichó a una candidata para ascender socialmente a través del matrimonio: doña Rosa de Ascásubi y Matheu, 25 años mayor que él; fea, avara y, de ñapa, aquejada por unos granos purulentos de los pies a la cabeza. Sus enemigos decían que tenía la famosa peste gálica; los más benignos, que tenía la enfermedad de Lázaro. Siempre se sentaba sobre una sola nalga, pues también padecía de almorranas. Por cada pústula o grano, Gabriel le exigió de dote una hacienda cacaotera con muchos semovientes.

Asegurado con su boda el ingreso a la sociedad quiteña, Gabriel inició el ascenso al poder. Como eludía a su nauseabunda esposa, no se sabe cómo la preñó, tras lo cual tenía pesadillas en las que le nacía una hija con la misma cara de su madre y unas horribles cerdas en medio de los granos.

Y le nació una raquítica y macilenta hija, como una longaniza, a la que soportó con paciencia ejemplar. La iguanita languidecía por momentos, pues las tetas de Rosita eran secas. Para salvar a su terrible engendro, ella acudió a la leche de burra, pero un día engulló un tetero, eructó y falleció.

Después de ese suceso, Gabriel embarazó por segunda vez a Rosita, colocándole un capuchón para cogérsela. Y le nació un varoncito un poco más sano que su hija.

Gabriel García Moreno llegó al poder en 1859, a los 38 años, y su primer “acto de gobierno” fue pedirle a Napoleón III (el Pequeño), a través del embajador de Francia en Quito, que aceptara a Ecuador como una de sus colonias y lo nombrara a él procónsul. Napoleón, arrecho, le dijo a su embajador que no le parara bolas a ese mentecato.

Como gobernante, Gabriel cambió su pasatiempo infantil de estrangular pajaritos por el de fusilar a sus enemigos de la manera más cruel posible, por lo que se decía que tenía una actitud “fusilánime”. Él mismo creaba máquinas de tortura y le gustaba rematar a sus enemigos con una bayoneta.

Su esposa se le hizo intolerable en la mansión presidencial. Así que un día la envenenó en su habitación, como fórmula redentora de la hediondez y los aullidos por sus granos y almorranas. El médico le dijo: “Con el veneno que le dio, se habrían podido matar sin dificultad cinco yeguas”.

El dictador era un sátiro insaciable, pese a su fanatismo religioso. Le gustaban las indigentes, pero bonitas, jóvenes y vírgenes. No se satisfacía con nada. Asediaba a las mujeres con torpeza y vulgaridad y, si no lo aceptaban, las esperaba y las mataba hincándoles una daga en sus senos.

Es famosa la historia de Gabriel con Virginia Klinger, esposa del connotado aristócrata quiteño Carlos Aguirre y Montúfar. Era sexy, bella, inteligente, fina, culta y con un atributo adicional que a todos fascinaba: su marido la aburría. Aguirre era el prototipo del cornudo feliz: paciente y discreto, portaba sus cachos con una elegancia ejemplar, y se mostraba amable y hospitalario con los mozos de su esposa. Y pese a la importancia de su pretendiente, Virginia lo rechazó como a un patán, por lo cual Gabriel quiso matarla, pero los celos le hicieron temblar la mano al intentarlo.

A Gabriel le salió un gallo tapao, o pretendiente de Virginia: Arcesio Escobar, un payanés gallardo, talentoso y simpático. Éste le dedicaba versos de Lord Byron a su amada, mientras don Gabriel le enviaba estampitas de santos con pías y ridículas jaculatorias, que a ella le producían risas. Gabriel quiso arrestar a su rival, pero ella, de manera oportuna, lo ingresó a la legación colombiana vestido de mujer.

Gabriel intentó apuñalarla y fracasó. Entonces denunció una dizque “infame agresión” colombiana en la frontera, y movilizó tropas contra Colombia para vengar el honor nacional ultrajado. Era 1862 y era presidente de Colombia Tomás Cipriano de Mosquera, el Gran General. Las fuerzas colombianas trituraron en Tulcán (Ecuador) a los ejércitos de Gabriel García Moreno, quien aceptó una honrosa capitulación.

Pero como no estaba dispuesto a que un colombiano le birlara a su hembra preferida, con paciencia y minuciosidad urdió un desquite, y ese mismo año (1862) se tomó a Pasto y la hizo provincia ecuatoriana. Al enterarse, Mosquera envió un ejército que lo venció por segunda vez de una manera humillante y oprobiosa. Cuando en 1867 Tomás Cipriano de Mosquera fue depuesto, intentó radicarse en Guayaquil, pero García ordenó:

—Fusílenlo, si pisa Ecuador.

En 1869 García Moreno promulgó una Constitución en la que consagró que quien no fuera católico perdía la nacionalidad, y que si a alguien se le comprobaba que estaba en pecado mortal sería juzgado y penado como traidor a la patria. Su tiranía teocrática se hacía cada día más intolerable. Todo su rencor lo motivaron sus fracasos amorosos y sus malogradas empresas guerreras contra Colombia. Aún así, se ha llegado al extremo de que recientemente un grupo de energúmenos exigieron canonizar a Gabriel García Moreno.



Una fotografía tomada posteriormente al asesinato del tirano. (Fuente: Wikipedia.org)






Los restos embalsamados de García Moreno, con uniforme militar, un bicornio de plumas blancas, banda presidencial y condecoraciones, se exhibieron -con guardia de honor incluida- sobre el sillón presidencial en el altar mayor de la Catedral de Quito. 




Examinación del cofre de García Moreno en Quito. Sus restos fueron hallados en la iglesia de Santa Catalina de Siena, en la capital ecuatoriana, donde fueron enterrados el 3 de abril de 1883. Su ataúd permaneció oculto hasta el 18 de abril de 1975, cuando sus despojos fueron exhumados. (Fuentes fotográficas: Wikipedia.org - Consagración de la República al Corazón de Jesús - Archivo personal)


En 1875 unos jóvenes le hicieron el viajao, apoyados por el colombiano Faustino Rayo, a quien García Moreno le había quitado su esposa. Mientras el presidente iba a pie de la catedral al palacio de gobierno, Rayo le acertó un machetazo en la cabeza. Luego, los demás lo volvieron picadillo.

Curioso final el de ese extravagante dictador, porque se le cumplieron sus palabras:

—Mis enemigos van a tener que matarme porque, de lo contrario, los extermino a todos...


-Alfredo Iriarte-

8 de enero de 2014

Guayaquil fantasmagórico

La siguiente es una pequeña colección de fotos de un Guayaquil que se fue, evocado en imágenes que parecen fantasmales:


Una imagen del malecón. Año impreciso.



Un rincón del Paseo de las Colonias. Alrededor de 1930.




Desfile aéreo. Foto de César Morejón Díaz. Década de 1940.




Dormitorio infantil. Guayaquil, 1920.



La banda del niño músico Nicolás Mestanza (aquí, dirigiéndola), el primer jazzista del Ecuador.



La "Casa de las 100 ventanas", en el antiguo barrio Villamil (hoy, la Bahía).



Niños viajando en canoa por la ría. (Alrededor de 1910-20). 




La "Casa de las Palmeras", ubicada en la "Quinta Pareja", lugar que Medardo Ángel Silva hizo famoso con sus crónicas. Quedaba donde hoy está el colegio San José La Salle.

Fuente de las imágenes: Skyscrapercity.com


-Jorge Osinaga-

16 de septiembre de 2013

De Egipto a Ecuador: las masturbaciones del jerarca

Jem o Khemet era el nombre autóctono de Egipto, que significa “tierra negra”, nombre ganado por el color negro (khem) de las tierras fértiles tras las irrigaciones del Nilo. Las supersticiones que promovieron la momificación de los cuerpos hicieron que los egipcios estudiaran a fondo los productos químicos para su empleo, por lo que muchos piensan que las palabras “química” y “alquimia” -y su práctica- provienen de ahí.

Los egipcios consideraban a su dios Tot -Dyehuthy en egipcio (Ḏḥwty), en griego Tot (Θωθ )- como el guardián de la sabiduría. Los griegos asociaron este dios egipcio con su dios Hermes, protector de la alquimia.

En griego, χημεία (khemeia) significa “mezcla de líquidos”. Khem o Min también era el dios fálico de la fertilidad egipcia, “creador de dioses y hombres” y de piel negra, cuyo culto era de origen predinástico. Como dios de la fertilidad y con ritos orgiásticos, los griegos lo vincularon con su dios Pan. Parte importante del culto a Khem o Min era el empleo de lechugas salvajes de tipo Lactuca virosa y Lactuca serriola que, al ser cortadas, producían un látex que representaba al semen.



El dios Min, antes conocido como Khem. Crédito: Wikipedia.

Durante los ritos de coronación del Nuevo Reino, se le brindaban honores al dios Khem o Min, y el faraón tenía que “sembrar su semilla”. Muchos piensan que literalmente el monarca tenía que sembrarlas pero otros difieren e indican que debía demostrar que podía eyacular. Se pensaba que este rito garantizaba los desbordes del Nilo que permitían fertilizar la tierra y la correcta agricultura.

¿Se imaginan a nuestros presidentes batiendo fuerte la muñeca frente al río Guayas o en los deshielos del Chimborazo para fertilizar las tierras?

- Jorge Osinaga -

4 de julio de 2013

Epicúreos criollos



Pese a que Antonio Borrero fue un liberal curuchupa (cosa un tanto rara, aunque esos eclecticismos en Ecuador no deben sorprender) y también parte de este sistema político atroz, no pudo haber resumido mejor la dinámica de toda nuestra larga historia republicana con esta frase: 

“En el Ecuador no es un partido político el que se ha apoderado del Poder y hace la guerra a otro partido político; es tan solo una caterva de bandidos hambrientos y asesinos los que se han adueñado de los destinos del país y de los caudales públicos, sin más objeto que vivir según las leyes de Epicuro”.

-Antonio Borrero-
Expresidente del Ecuador

Tomado de En el Palacio de Carondelet, de Eduardo Muñoz Borrero,

1 de julio de 2013

La Columna y La Rotonda ¿pelea de barrio masónica?



Guayaquil es una ciudad con mucha simbología e historia masónica. Un ejemplo de ello son algunos de sus monumentos más representativos. En la Columna de los Próceres, edificada para conmemorar el centenario de la conspiración del 9 de octubre de 1820, la estatua de José Joaquín de Olmedo mira al Este, es decir a la salida del Sol, al oriente; ese oriente omnipresente en la masonería. Es un monumento masónico a más no poder, como la misma conspiración de 1820, planificada por destacados masones.

Por coincidencia, al este de la Columna de los Próceres se encuentra también el Hemiciclo de la Rotonda, en el Malecón Simón Bolívar, que conmemora el encuentro que entre San Martín y Simón Bolívar -dos importantes masones- tuvo lugar en esta ciudad en 1822. Este monumento fue inaugurado en 1938, luego de ciertos desacuerdos con respecto a los bocetos originales presentados por el escultor español José Antonio Homs en los que San Martín era retratado en una pose que, quizá para muchos masones olmedinos que veían en él a un aliado, lo dejaba un tanto en ridículo frente a Bolívar. El tema incluso fue retomado por el artista guayaquileño Ilich Castillo, con su obra Cómo se encienden los discursos populares, según Homs (2005).




¡Uy, José!
Boceto original de Homs. Reposa en el Museo Municipal de Guayaquil.


La Columna de los Próceres y el Hemiciclo de La Rotonda son dos monumentos que evidencian el conflicto entre pandillitas masónicas a nivel local, y una metáfora de las luchas entre ellos por su repartición de ciudades, países, continentes y el planeta. ¿Fraternidad?, ¡por dónde!

La Columna vino primero, de mano de los masones olmedinos y octubrinos; la Rotonda se contruyó después, con los masones bolivarianos. Pelea de barrio.

Originalmente la Columna de los Próceres no iba a ser tal, sino un obelisco (más simbolismo masónico), pero no prosperó la idea; mientras que la Rotonda -como su nombre lo dice- se pensó redonda, pero quedó como hemiciclo. Estos dos monumentos masónicos en Guayaquil se miran cara a cara, como desafiándose. Y el Templo Masónico -posteriormente la primera sede de diario El Universo, en Escobedo y 9 de Octubre-, se encuentra justo en medio de ambos complejos escultóricos. ¿Habrá sido este templo el lugar de la concordia entre las facciones? Muy interesante.

- Jorge Osinaga -

3 de diciembre de 2007

Augusto San Miguel: Héroe de un cine invisible

 Publicado en Revista Diners, N° 307, diciembre de 2007


Augusto San Miguel Reese

Hace 83 años, en medio de fuertes convulsiones sociales y económicas, y la antesala a una revolución que modelaría varias de las instituciones del Estado contemporáneo, el 7 de agosto de 1924, estalló en Guayaquil un bombazo de imágenes producidas totalmente en nuestro país: el comienzo de la historia del cine de ficción ecuatoriano. Su protagonista: un ecuatoriano también, el dramaturgo y actor Augusto San Miguel. Tuvieron que pasar 82 años para que se diera un “reconocimiento oficial” a esa “aventura imposible” -como siempre califican los pesimistas a cualquier iniciativa visionaria que se realiza en nuestro país- como el Día del Cine Ecuatoriano (1) y para que el fundador del arte fílmico nacional tuviera con su nombre un premio que reconociera los mejores trabajos cinematográficos del país (2). Formalismos a parte, necesarios pero no únicas fuentes de reivindicación histórica, lo importante es profundizar en el personaje y los hechos que configuraron el precedente del cine ecuatoriano.

Un niño rico que soñaba con las tablas

Augusto San Miguel nació en Guayaquil el 2 de diciembre de 1905 y murió muy joven, en esta misma ciudad, el 7 de noviembre de 1937. A decir de Hugo Delgado Cepeda, periodista e investigador porteño que posee quizás la mayor cantidad de documentación sobre San Miguel, fue un gran bohemio, viajero y aventurero, gracias a la comodidad que le dio el haber nacido en una próspera familia.

“Su familia era propietaria de la gran hacienda de La Saiba, al sur de Guayaquil. El padre de San Miguel, al morir, dejó una gran fortuna a su viuda y a su hijo. La madre viajó a Europa y la vida disipada de San Miguel hizo que él gastara mucho del dinero de su madre”, comenta Delgado.



Una rara foto de San Miguel proporcionada por Hugo Delgado Cepeda.

La curiosidad de San Miguel por el arte empezó con el teatro: era un apasionado de este arte y comenzó interpretando papeles pequeños y luego fundó su propio grupo. Escribió, además, diversas obras teatrales como El último bohemio (1930), Sombras, Tercer cuartel (1936), Yo no soy comunista, Almas bohemias, entre otras. Por el lado del cine, sus grandes influencias fueron el cine mudo francés, las producciones de Hollywood y el bagaje fílmico alemán de los años veinte, que pudo observar durante una estadía en Europa, donde quedó cautivado por las imágenes en movimiento. La revelación del cine, sumada a su pasión por la actuación y la amplia posibilidad que le daba su fortuna, fueron la amalgama perfecta para emprender un proyecto fílmico en un país donde nunca se había producido algo igual.

El estreno y sus detalles

La mañana del 7 de agosto de 1924, el país amanece con una noticia realmente interesante. En el periódico más importante de Guayaquil y del país en aquella fecha, se anuncia “la primera película nacional de argumento que se presenta en la pantalla cinematográfica, iniciación de nuestro arte mudo(3).

Ese día y a la edad de 19 años, San Miguel estrena El tesoro de Atahualpa en los teatros Edén y Colón. El filme era una historia de aventura, basada en la popular leyenda sobre el paradero del oro que se pretendía pagar como rescate del último emperador inca y que se cree fue enterrado en algún lugar ignoto del país.




Anuncio del estreno de El tesoro de Atahualpa en diario El Telégrafo.

San Miguel se convirtió con esta película en el primer director, productor, actor y guionista del cine silente nacional y protagonizó el papel de Jaime García, un médico que descubre la misteriosa ruta al tesoro. Evelina Orellana (su nombre artístico, porque el verdadero era Evelina Macías Lopera) fue la principal actriz del filme y se convirtió en la primera actriz del cine mudo ecuatoriano. También participaron Anita Cortés, Julia Stanford, el holandés Arie Van den Enden como el extranjero malo, el boxeador Manolo Vizcaíno como el bueno, el cómico P. Chevasco de la localidad costeña de Ancón, y F. Zaldumbide como el Indio Ramanchen.



Evelina Orellana (Evelina Macías Lopera), primera actriz del cine silente ecuatoriano.
Foto del archivo de Hugo Delgado Cepeda.

Los ensayos de simulación mímica -porque no había necesidad de parlamento o diálogo- fueron realizados en un local de pelota vasca ubicado en la esquina de Rocafuerte y Tomás Martínez (actual “Zona Rosa”), propiedad de unos españoles de apellido Solá, cuenta Delgado Cepeda, cuyo padre vivía a dos cuadras de ahí y estaba al tanto de las novedades de la filmación. Las locaciones para la película fueron el Paseo de las Colonias -actual Malecón Simón Bolívar-, el río Guayas, la antigua estación de trenes de Durán y algunos parajes selváticos de la Costa.



El teatro Edén, de Guayaquil, en 1924.
La obra se estrenó simultáneamente también en el teatro Colón.

El estreno de la película fue un acontecimiento, “una novedad en todo el país” señala Delgado, “sin embargo, en esa época nadie estaba acostumbrado al cine y la proeza no tuvo la repercusión esperada”. La fortuna de San Miguel y de su madre prácticamente quedó invertida sin frutos, pero no fue obstáculo para que nuevas producciones de la Ecuador Film Co., productora que fundó San Miguel y de la cual era gerente y propietario, llegaran nuevamente a los teatros.

¿Qué pasó con las películas?

El mismo año del estreno de El tesoro de Atahualpa, 1924, San Miguel filmó y estrenó en Quito la película muda Se necesita una guagua, y luego, en 1925, Un abismo y dos almas. Después de eso, las titánicas empresas fílmicas de San Miguel fueron abandonadas y se dedicó nuevamente al teatro y a sus andanzas bohemias, tanto en el puerto como en el mundo, que al final le pasaron factura el 7 de noviembre de 1937.

De las películas sólo quedaron rumores y la imperiosa necesidad de su búsqueda. Delgado Cepeda emprendió la iniciativa para encontrarlas en la década del 60 del pasado siglo. Con resignación, recuerda: “Me reuní con Teodoro Alvarado Olea, padre del actual director de revista Vistazo -que también era productor de cine- para hallar las filmaciones pero no dimos pie con bola. En los años 20 se producían grandes incendios y las películas venían con un tambor metálico que se calentaba y el celuloide se derretía, se hacía gelatina, se pegaba; por eso es que había muchos incendios en las cabinas de proyección”.

Si el paso indolente del tiempo puede destruir unas cintas, no puede acabar con las esperanzas de hallarlas. Aún hay pistas de su paradero. En el documental Augusto San Miguel ha muerto ayer (2003) del cineasta quiteño Javier Izquierdo, uno de los familiares de San Miguel señalaba que, si se desea empezar una búsqueda de las películas de este pionero, probablemente la clave sería el camarógrafo chileno Roberto Saa Silva, quien participó en la grabación de El tesoro de Atahualpa y los otros filmes de San Miguel, ya que él hacía de distribuidor y mantenía copias para las proyecciones en Quito y Cuenca.



Roberto Saa Silva, en una foto que salió en el anuncio el día del estreno de “El Tesoro de Atahualpa” en diario El Universo.

De Saa Silva, quien además era cantante y pintor, se sabe fue una figura clave en los inicios de la cinematografía andina. Luego de su trabajo con San Miguel, el chileno viajó a Hollywood. Ahí fue actor de las versiones en español de las cintas Monsieur Le Fox y Presidio, en 1930 (4). Llega nuevamente a Sudamérica y en 1939 dirige la película sonora El vértigo de los cóndores en Perú. En Colombia es director de los filmes Allá en el Trapiche (1943), Anarkos (1944) y Pasión llanera (1947) (5).

Muchas de sus cintas, al igual que las de San Miguel, se perdieron. De ellas sólo se conservan 28 minutos de rodaje de los 85 totales de Allá en el trapiche en la Cinemateca Distrital de Bogotá, en Colombia. Se desconoce el año y lugar de la muerte de Saa Silva, pero Delgado Cepeda señala que vivió entre Antofagasta y Valparaíso, en Chile y que, si existen copias, éstas podrían estar allá. “Sólo habría que investigar si Saa tuvo descendientes para localizar las películas”, comenta. Las claves para hallar algo tal vez apunten al país del sur...

La leyenda

Sin embargo, también existe la posibilidad de que estas claves se encuentren en nuestro país y yaciendo en una tumba. La madre de San Miguel, desde hace medio siglo, descansa en el Cementerio General de Guayaquil. Según sus parientes, antes de morir pidió ser enterrada con las pertenencias de su hijo único, las que cuidaba con sumo cariño y recelo. Se deducía entonces que las películas podrían estar con ella. En el año 2003, con permiso de la Sanidad y la venia de los familiares del cineasta y su madre, por motivo de la filmación de Augusto San Miguel ha muerto ayer, se exhumó la tumba de la madre del director para ver si la leyenda en torno al paradero de las películas olvidadas podría acabar ahí. No se halló nada. Se decidió entonces buscar en la tumba de San Miguel, pero por temor no se accedió a hacerlo.

Esté en una tumba o fuera de las fronteras, la obra de San Miguel puede hallarse todavía. Las entidades responsables del cine nacional tienen esa misión, para que en una no tan lejana e imposible transposición del tiempo podamos observar algún día la primera película con argumento del Ecuador y nunca más se diga que San Miguel fue héroe de un cine invisible que se dio por perdido.

- Jorge Osinaga -

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Notas:

(1) El Acuerdo Ministerial N° 507, firmado por el ministro de Educación Raúl Vallejo, el 17 de octubre de 2006, instaura el 7 de agosto como Día del Cine Ecuatoriano.
(2) El 25 de mayo de 2006, el Ministerio de Educación crea el Premio Cultural Augusto San Miguel.
(3) Diario El Telégrafo, jueves 7 de agosto de 1924, anuncio del estreno, página 3.
(4) Rito Alberto Torres, Avances en la preservación del patrimonio audiovisual colombiano, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.
(5) Emilio Bustamante, Retratos de familia. El cine en los países andinos, pág. 5, Biblioteca Digital Andina (Comunidad Andina de Naciones).