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2 de noviembre de 2019

Suposiciones




Supongo que ya no te importo.
Supongo que para ti mi voz no suena,
o tus oídos quizás apuntan hacia dentro.

Supongo que ya no merezco tus palabras.
Supongo que tampoco mereces las mías.
Pienso que tampoco deberías habitar mis pensamientos,
o mis sueños.
La culpa es mía por instalarte en ellos.

A veces cavilo que es un despropósito hablar con un espectro.
Hasta el mendicante tiene cierta dignidad,
puede ver a quién le extiende la mano.
Yo la he perdido
por pedirle amor al aire.

-Jorge Osinaga-

19 de diciembre de 2018

Playa de seres rotos

Para un marica el infierno debe ser algo así:
estar rodeado de hombres hermosos
y no poder tocarlos.
Y, además, tener el corazón dividido;
el amor partido en dos por geografías absurdas
de dos horas de distancia.
Vine acá, al mar, a buscar la calma
y solo he hallado soledad y desesperación.

Exagentes de la CIA,
veteranos de Vietnam,
reguetoneros escandalosos,
hippies nazis,
jubilados sin vida,
mujeres que perdieron su juventud por cuidar padres enfermos,
escritores autoexiliados
y narcotraficantes de todo cuño.
Muchos se instalan en las calles.
¿Por qué yo no podré unirme a ellos
con mis ventas absurdas de libros en el malecón
que no reúnen ni para una comida?

Un chico borracho sale de noche,
vencido,
a gritar a la playa.
Nadie lo escucha, solo los edificios vacíos.
Una patrulla policial pasa y no hace nada,
pues lo considera un loco.
Exclama en su miseria
que este es un pueblo que odia las letras,
que sepultó su biblioteca bajo cemento
para construir canchas deportivas
donde solo se harán kermeses y reinados folclóricos.

En el mar la vida no es sabrosa,
un pescador me dice que no contemple mucho las olas,
pues traen consigo pensamientos extraños.
Me masturbo un poco en las escalinatas,
al atardecer, cuando creo que nadie observa.
De repente, atrás mío aparece un surfista local.
No le importa lo que hacen mis manos.
Sigue su camino sobre la arena,
clava sus ojos en el horizonte.
Mira atrás suyo
y se da cuenta que lo observo.
Esboza una sonrisa lacónica.
Para mí él es como la mezcla de un dios maorí con un ídolo peninsular:
con ese gesto,
que engloba la imperturbabilidad de los dioses,
regala un poco de piedad
a un alma naufragada.

Voy al faro por las tardes,
pienso que Virginia Woolf también pudo haber escrito aquí una novela;
o que un Einar Wegener,
antes de convertirse en La Chica Danesa,
podría haber pintado
-en loop eterno-
las piedras,
enredaderas,
arbustos y flores
del bosque seco que lo rodea
para empantanar sus deseos,
detener el tiempo
y revivir el amor
con aquel muchacho que marcó su pasado.
Me acerco al acantilado.
Supongo que lanzarse a la Chocolatera es la forma más decente de morir.

A veces me siento como un Von Aschenbach, de Thomas Mann:
sácalo de Muerte en Venecia e instálalo en el trópico.
Cambia su gusto por un adolescente y adáptalo a cualquier cholo bueno.
La diferencia es que acá,
perdido en un paraíso de mar azul y chicos terriblemente atractivos,
no puedo hacer nada.

Me da terror.
Bajo la mirada,
sólo observo de reojo,
me siento muy solo y, por momentos, pienso que si soy muy lanzado…
me van a linchar.


- Jorge Osinaga -

17 de diciembre de 2018

Límbico



Cuando dicen que te vas al limbo,
seguro debe ser un lugar lleno de emociones perdidas.
Allí solo puedes contemplarlas sin sentir nada,
salvo el vértigo al borde del abismo.

-Jorge Osinaga-

3 de diciembre de 2018

Planisferio



Han vuelto los cielos despejados,
un atisbo estelar hace que recuerde
tu luz junto a mí
observando el horizonte.
Blanco de espuma
sobre oceánica oscuridad,
nuestro abrazo es la muralla
contra el ejército de viento.

- Jorge Osinaga -

2 de diciembre de 2018

Lágrimas eléctricas



Dos transformadores lloran alambres.
Arriba de ellos solo hay un par de direcciones que seguir,
dos caminos adonde mirar.
Por eso los transformadores lloran electricidad.

- Jorge Osinaga -

17 de septiembre de 2018

Impresiones de los libros callejeros

Fotos: Cortesía Festival Otra Orilla



“El artista, el escritor, tienen que estar en la calle 
y meter la calle en los libros y en los cuadros”. 
Antonio Berni


A la frase del pintor argentino Antonio Berni que abre este artículo bien podríamos añadir lo siguiente: “...Y meter los libros y los cuadros en la calle”. Eso precisamente se hizo en Guayaquil, del 12 al 15 de septiembre de 2018, durante la Feria de Libros del Festival Otra Orilla. Tuve la suerte de participar en este encuentro, en mi faceta de librero, con los ejemplares de segunda mano que comercializo bajo el sello El Fauno Verde.

Pero antes de hablarles de la feria, primero deben saber qué es la Otra Orilla. Nació como un espacio alternativo y paralelo a la oficial Feria Internacional del Libro de Guayaquil (FIL), organizada por el Municipio local. En otras palabras, una contraferia de acceso gratuito, alejada de la academia, abierta totalmente, y con sedes en espacios urbanos y artísticos populares de la ciudad. Nunca hubo un deseo de conflicto con la FIL, pero sí de tener contacto con el ciudadano de a pie en el espacio público. Con el paso de los años ambos encuentros han llegado a complementarse. Si en la FIL sus invitados se hallan en un ambiente muy formal, en la Otra Orilla esa formalidad se olvida para vivir una verdadera celebración; una fiesta de letras y gente. Como el cineasta Mario Rodríguez, su organizador, dijo en algún momento: es “un aporte a la ciudad, donde la ciudad sale ganando”. Todo armado desde la autogestión y, con el transcurso de las distintas ediciones, sumando apoyos institucionales que han contribuido a afianzar el encuentro.

Este año el eje del festival fue el centenario del poeta César Dávila Andrade. Albaquía fue una maravillosa exposición itinerante que resumió la obra del 'Fakir' y la llevó a nuevos públicos con un montaje multimedia, exhibición de manuscritos y raras ediciones de distintos trabajos del autor de la gigantesca Boletín y elegía de las mitas. Hubo conversatorios, lanzamientos y recitales de poesía, con autoras y autores de distintas partes del país y del extranjero.



Me emocionó mucho sacar los ejemplares a la calle, pues la exhibición la realizamos en los portales de la Casa de la Cultura Ecuatoriana -sede del festival-, en el corazón de la ciudad y en plena acera de la avenida 9 de Octubre. Mi logística fue un poco complicada, pues vivo fuera de Guayaquil. Traer siete cajas llenas de libros desde allá era un asunto engorroso, pero hecho con el mejor de los ánimos. Además, una feria siempre será mejor que estar ansioso esperando ventas por internet; nada como conocer gente nueva, hablar de libros y, por supuesto, reunir fondos para pagar el alquiler.

Entre los expositores, además de El Fauno Verde, se hallaban: Cadáver Exquisito, Casa de la Cultura del Azuay, Editorial PUCE, Tinta Ácida, Editorial Viz-k-cha, Salto Reverso, Editores Independientes del Ecuador, Bucks Populi, El Hongo Atómico, LaKomuna Colectivo de Arte, Máquina Púrpura, Pirata Cartonera, Murcielagario Cartonera, Dadaif Cartonera, El Ángel Editor, Ediciones Eralsa, Apuntes para la ciudadanía, Colectivo Mandrágora Cartonera, Editorial Despertar, Festina Lente, Editorial Rotem Apple Comics, God/Art, La Casa Morada y Ágora Libros.

Frente a nosotros estaba el “Palacio de la Moneda”, como en algún momento el expresidente ecuatoriano Carlos Julio Arosemena Monroy denominó a la Corte de Justicia. En el segundo día de la feria deduje muy suspicazmente que la Corte hizo honor a aquel mote impuesto por el viejo mandatario, pues paralizó sus actividades para una manifestación a favor de su presidente. No sé si habrá sido espontánea, pero de lo que sí estoy seguro es que en política institucional todos salen a marchar porque los amenazan con multas, o porque hay alicientes de tipo sanduchero o económico. Contemplas, en una especie de cuadrilátero callejero montado con tarima, luces y hasta megafonía, la pelea entre arte y política; y la segunda sale ganando por nocaut. Fue un contraste de ánimos entre oportunistas y los que aún conservan en su conciencia el anhelo de cosas bellas. Lamentable para el mundo es que los segundos sean tan pocos. Lo esperanzador es que todavía existen.



Dejando a un lado ese despliegue vergonzoso de politiquería, ver a la gente acercarse, contemplar los libros, y preguntar por diversas temáticas a lo largo de la semana fue algo que ya te alimentaba el alma de otra forma, sin importar lo que buscaban. Sus inquietudes eran de todo tipo: había quienes buscaban autoayuda, otros preguntaban por esoterismo, algunos estaban interesados netamente en temas históricos, y pocos con gustos literarios ya más exquisitos.

Y tampoco faltó quien me preguntó por el Mein Kampf de Adolf Hitler. Le dije que no tenía eso. Alguna vez llegó a mi inventario, pero solo un ejemplar. Lo que vino después fue, quizá, lo más tenebroso que escuché esa semana (además de las loas ensordecedoras de tarima judicial): "Por eso es que las cosas están mal, no hay quién las arregle e imponga el orden".

Ojalá algún día Guayaquil pueda tener todos los fines de semana una zona como el mercado de libros de San Telmo o, por lo menos una vez al año, una Noche de las Librerías tal como la que se hace en la calle Corrientes, en Buenos Aires. Esa es una batalla a ganar. Es una lucha que Otra Orilla espera llevar a éxito, abriendo más espacios y creándolos.

El viejo nazi de aire militar se fue. Su gesto cítrico me dio gusto. Mientras más gente como él se enoje por no encontrar el horror entre libros, o que al menos este yazca perdido al fondo de una montaña de otros títulos, ensombrecido y enterrado bajo hermosas copas bibliográficas, ya habremos ganado otro combate.












21 de septiembre de 2017

Huye y salta



Un reptiliano huye de su cautiverio en una base militar 
y corre por el desierto.
Si no salta, se le va la vida.



-Jorge Osinaga-

26 de abril de 2007

Un grito a todos los que caminan muertos

Las cosas buenas, dicen, siempre están escondidas, alejadas, pero prestas a ser halladas. Alexis Cuzme (Manta, 1980), con Club de los premuertos, confirma que la nueva y buena poesía del Ecuador está surgiendo desde los bordes, ajena a los tradicionales centros del país y también alejada de los vericuetos indescifrables del ejercicio de la palabra que empeña su entendimiento a una tarea tan complicada como abrir una caja fuerte.

La poesía de Cuzme es directa, sin rodeos, canta las cosas como son: de manera clara y despojada de adornos ridículos. Sin miramientos, Cuzme nos revela en su Club de los premuertos una voz que se niega a aceptar las insulsas masturbaciones mentales del enamoramiento, que le dice un alto a esa estupidez que no se qué masoquista inventó de negarse el uno por el otro, que nos grita por todos lados cómo podemos cometer el crimen de despedir por el inodoro nuestra libertad; en definitiva, el por qué aceptamos morir -con anticipos y en cómodas cuotas- por otro pedazo de carne; y nos muestra a fin de cuentas que no hay que pedir permiso para existir.



Alexis Cuzme y su último libro


Cuzme se libera con sus palabras de lo que él denomina “el sentimiento chatarra”:

No es normal pretender cortar margaritas
en el jardín de la vecina,
escribir cartas a vaginas intocadas, 
declamar –a pedido de oídos sensibleros– 
versos de Neruda,
Auden,
Lorca, 
Darío 
o Cardenal; 
mientras mi otro yo 
–el de siempre–
desde las sombras escupe y vocifera
con el esfuerzo de pulmones maltratados:
¡La ternura es una larva que debes pisotear,
rociar con esperma ácida,
moscas productoras rondando tu cabeza!


Con una mezcla de verdad, broma y preocupación, un amigo me decía que aquí y en todos lados, un vello del pubis puede halar más que un Caterpillar, y yo digo que también puede ser el más aplastante represor del hombre. Cuzme dice no, y se para firme.

Al final, al leer su obra, nos presenta las dos caras que el hombre debe enfrentar no solo en el amor, sino también en su vida, en su relación con los demás: la represión o la libertad, la entrega o la excarcelación.

Es, en definitiva, un grito; una llamada bien cargada que busca hacernos despertar. La invitación a este Club es precisa: para darnos cuenta si todos somos o no uno de sus miembros.

- Jorge Osinaga -

13 de mayo de 2006

Desde los bordes

Una panorámica de la nueva poesía ecuatoriana -una vertiente libre, provocadora, sin ambages y solemnidades- es lo que Cristian Arteaga, joven escritor quiteño, nos ofrece en este artículo publicado en Revista La Pepa, Nº 3, 2006 (Quito).

Por Cristian Arteaga

La joven poesía del país, sin duda, es una poética que se trabaja y se crea desde los bordes simbólicos y desterritorializados de las instituciones culturales y académicas, lo que produce un efecto por demás renovador e iconoclasta. Pues eso es lo que expresa la poesía de Carrillo y Villa Navarrete.

Enver Carrillo (Quito, 1972)
ESCASEZ

los vecinos parecen poseídos
recogen agua de las llaves del patio
en ollas, tinajas y botellas

me anuncian que escaseará por dos días seguidos

por mi parte estoy tranquilo
solo recojo unos pocos litros
para el café de la mañana y la tarde

no tengo ninguna preocupación
a sabiendas
de que no me baño muy seguido



Marcelo Villa Navarrete (Quito) 
BÓLIDO

bajo los cedros
animales de dos espaldas
zurcían bolsillos para calentar sus manos
ocho pares de zapatos
podaban el césped tras una pelota
un vestidito amarillo se enredaba
en las cadenas del columpio

iban a ser las cuatro
cuando recordé la cita
y escapé de la burbuja verde
como la savia tras el corte del hacha

recordé que aún no revelo
las fotografías de la playa
y que faltan diez páginas
para acabarme el libro prestado
y que a mis veintitrés
aún no sé domar un bólido

¿y si hoy me embistiera
algún mamífero?


Es importante la desacralización que hacen de los temas o relatos para traducirlos en una propuesta de humor sardónico o ironía. Es decir, se ha abandonado ese lirismo ortodoxo frente a los metarelatos como la soledad o el sentimiento.

En el caso de Escobar y Osinaga, asumen una actitud creadora sin ambages, y limada de una construcción estética aristotélica, es decir, solo lo bello es poesía. Por tanto, sus textos develan lo que no se escribe, se lo esconde, e irrumpen como un fogonazo en las mentes egoístas y sensibleras.


Fernando Escobar (Quito, 1982)
DE SHOPPING


''hasta las mujeres más hermosas
tienen el intestino lleno de mierda''
-Carlos Chernov-

Penélope se fue al centro comercial
si me pongo un lazo en el alma
tal vez con ella me quiera llevar.

Centauro con un código de barras por cara
me adentro en un Aqueronte de plástico
con tal de besar sus axilas de hielo.


Jorge Osinaga (Guayaquil, 1983)
MIOPÍA

Abrazado a un chico
luego de unos cuantos tragos
alguien me dice:
¿Estás mal de la vista, pendejo?
Ese que abrazas es un hombre

Yo respondo:
No, cojudo, esto es
lo que la noche
generosamente
me ha entregado


En el caso de Tituaña, Cuzme y Lasso, los indicios son la verdadera poética. Su creación es eminentemente urbana, pero construida en los entresijos de esa ciudad infierno, defraudada, sin maquillaje, desembocando en una poética minimalista donde el mínimo detalle o la sencillez de la situación dotan de sentido y entendimiento al texto.

Samuel Tituaña (Quito, 1971)
WAIT FOR MI

_no botar basura
decía en la pared
y bajo ella cada noche
aparecía como testigo
del hastío humano

_la luz inmutable alumbraba
apenas un cartón
fundas y desechos
de toda marca

_mientras una boca
muerde el cuello
un pezón erecto
perdía equilibro

la otra arrancaba
todo vello húmedo

luego tarareando
el último hit
entre el vapor del café
que va por la cera
patean discursos
inhalados
de una funda paria


Alexis Cuzme (Manta, 1980)
DELIRIOS DE UN MAL POETA
(fragmento)

Se supone que soy un poeta,
un poeta 'privilegiado' al parecer,
un oficio, invitación, compromiso etc. así lo sustentó
y ¿quién soy yo para contradecir estas cosillas?
¿cómo decir lo contrario o afirmarlo
si aún no sé si esta gruta estará iluminada al final?

Algo de nicotina haría que fuese menos duradero
sobre este mundo. Inhalé, expulsé.
Nada mejor qu autoeliminarse
sin esperar que algún desconocido
suelte la primera o última bala sobre nosotros,
la primera o última cuchillada,
solo para comprobar que en el fondo
somos tan comunes como el resto.
Seres triviales escondiendo secretos,
rellenos de intestinos cada vez más intoxicados,
de sangre y sesos alucinado.


Edison Lasso (Piñas, 1977)
ÚLTIMA RISA

No debía escupir mi nombre
y arrojarle tierra como a un perro
porque tu dicción al pronunciarlo
era lo único bueno que tenías,
por eso no te sorprendas
cuando después de quitarte la careta
y colgar el sexo dentro del armario
te descubras vacía
pues no solo arrojaste
una palabra hecha burbujas,
también perdiste
los peces de coral
que irradiaban tus entrañas
y la gelatina de ciruela que llenaba tu cabeza.

Huérfana de todo
me sabrás indiferente a tus tonterías
y no sospecharás que en realidad
quien se queda sin nada
no eres tú.

Como puede leerse, esta irrupción de los nuevos poetas es un flirt a los lisonjeros estrépitos de la titubeante burocracia cultural del país. Y esto ya es bastante, pues la responsabilidad del trabajo con la palabra rebasa justificaciones sobre el texto que puede mejorarse. Un texto está bien o mal escrito, no hay término medio. Y estos poetas de los bordes, retoman sus temas junto con la ciudad como un testigo omnisciente, es decir una perpetua comunicación con ella; los unos no pueden existir sin la otra, y viceversa.