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8 de diciembre de 2018

El final de los finales



Hace unos días terminé de leer el libro de cuentos Surcos obtusos, (CCE, 2011) del escritor Juan Carlos Cucalón (Guayaquil, 1963). No puedo dejar de compartirles este fragmento. Es de esas lecturas que te dejan desequilibrado algún tiempo después de cerrar las páginas.

"Ayer el patio se llenó de pajaritos muertos, que he barrido, enfundado y enterrado pues ningún gato apareció. Aunque lo más sospechoso es lo de las ratas, ¿será la plaga?, porque parece la aftosa, ¿tú qué dices? 
No entiendo, ¿cuándo voy a morirme, cuándo? O es que, a lo mejor, ya estoy muerto, pero no es así, sigo hablándote y aun no puedo verte, todavía no estoy contigo. Ahora sí que me siento desfallecer, ya no soy nada. 
Sé que no hay nadie pensando en mí, porque es como que se te va la sangre, se siente como un vahído que nos deja exhaustos. Ya nadie habla de mí, hace fú. Sin comunicaciones, uno olvida cómo es sentir, sin llamadas ya no se siente. Un desfallecimiento. Ahora mismo ya no se escucha nada. 
No me espera nadie. Ya no hay sacrificio que me salve, me he quedado solo, sin huellas".

-Tomado del cuento 'Ya estoy aquí', de Juan Carlos Cucalón

17 de septiembre de 2018

Impresiones de los libros callejeros

Fotos: Cortesía Festival Otra Orilla



“El artista, el escritor, tienen que estar en la calle 
y meter la calle en los libros y en los cuadros”. 
Antonio Berni


A la frase del pintor argentino Antonio Berni que abre este artículo bien podríamos añadir lo siguiente: “...Y meter los libros y los cuadros en la calle”. Eso precisamente se hizo en Guayaquil, del 12 al 15 de septiembre de 2018, durante la Feria de Libros del Festival Otra Orilla. Tuve la suerte de participar en este encuentro, en mi faceta de librero, con los ejemplares de segunda mano que comercializo bajo el sello El Fauno Verde.

Pero antes de hablarles de la feria, primero deben saber qué es la Otra Orilla. Nació como un espacio alternativo y paralelo a la oficial Feria Internacional del Libro de Guayaquil (FIL), organizada por el Municipio local. En otras palabras, una contraferia de acceso gratuito, alejada de la academia, abierta totalmente, y con sedes en espacios urbanos y artísticos populares de la ciudad. Nunca hubo un deseo de conflicto con la FIL, pero sí de tener contacto con el ciudadano de a pie en el espacio público. Con el paso de los años ambos encuentros han llegado a complementarse. Si en la FIL sus invitados se hallan en un ambiente muy formal, en la Otra Orilla esa formalidad se olvida para vivir una verdadera celebración; una fiesta de letras y gente. Como el cineasta Mario Rodríguez, su organizador, dijo en algún momento: es “un aporte a la ciudad, donde la ciudad sale ganando”. Todo armado desde la autogestión y, con el transcurso de las distintas ediciones, sumando apoyos institucionales que han contribuido a afianzar el encuentro.

Este año el eje del festival fue el centenario del poeta César Dávila Andrade. Albaquía fue una maravillosa exposición itinerante que resumió la obra del 'Fakir' y la llevó a nuevos públicos con un montaje multimedia, exhibición de manuscritos y raras ediciones de distintos trabajos del autor de la gigantesca Boletín y elegía de las mitas. Hubo conversatorios, lanzamientos y recitales de poesía, con autoras y autores de distintas partes del país y del extranjero.



Me emocionó mucho sacar los ejemplares a la calle, pues la exhibición la realizamos en los portales de la Casa de la Cultura Ecuatoriana -sede del festival-, en el corazón de la ciudad y en plena acera de la avenida 9 de Octubre. Mi logística fue un poco complicada, pues vivo fuera de Guayaquil. Traer siete cajas llenas de libros desde allá era un asunto engorroso, pero hecho con el mejor de los ánimos. Además, una feria siempre será mejor que estar ansioso esperando ventas por internet; nada como conocer gente nueva, hablar de libros y, por supuesto, reunir fondos para pagar el alquiler.

Entre los expositores, además de El Fauno Verde, se hallaban: Cadáver Exquisito, Casa de la Cultura del Azuay, Editorial PUCE, Tinta Ácida, Editorial Viz-k-cha, Salto Reverso, Editores Independientes del Ecuador, Bucks Populi, El Hongo Atómico, LaKomuna Colectivo de Arte, Máquina Púrpura, Pirata Cartonera, Murcielagario Cartonera, Dadaif Cartonera, El Ángel Editor, Ediciones Eralsa, Apuntes para la ciudadanía, Colectivo Mandrágora Cartonera, Editorial Despertar, Festina Lente, Editorial Rotem Apple Comics, God/Art, La Casa Morada y Ágora Libros.

Frente a nosotros estaba el “Palacio de la Moneda”, como en algún momento el expresidente ecuatoriano Carlos Julio Arosemena Monroy denominó a la Corte de Justicia. En el segundo día de la feria deduje muy suspicazmente que la Corte hizo honor a aquel mote impuesto por el viejo mandatario, pues paralizó sus actividades para una manifestación a favor de su presidente. No sé si habrá sido espontánea, pero de lo que sí estoy seguro es que en política institucional todos salen a marchar porque los amenazan con multas, o porque hay alicientes de tipo sanduchero o económico. Contemplas, en una especie de cuadrilátero callejero montado con tarima, luces y hasta megafonía, la pelea entre arte y política; y la segunda sale ganando por nocaut. Fue un contraste de ánimos entre oportunistas y los que aún conservan en su conciencia el anhelo de cosas bellas. Lamentable para el mundo es que los segundos sean tan pocos. Lo esperanzador es que todavía existen.



Dejando a un lado ese despliegue vergonzoso de politiquería, ver a la gente acercarse, contemplar los libros, y preguntar por diversas temáticas a lo largo de la semana fue algo que ya te alimentaba el alma de otra forma, sin importar lo que buscaban. Sus inquietudes eran de todo tipo: había quienes buscaban autoayuda, otros preguntaban por esoterismo, algunos estaban interesados netamente en temas históricos, y pocos con gustos literarios ya más exquisitos.

Y tampoco faltó quien me preguntó por el Mein Kampf de Adolf Hitler. Le dije que no tenía eso. Alguna vez llegó a mi inventario, pero solo un ejemplar. Lo que vino después fue, quizá, lo más tenebroso que escuché esa semana (además de las loas ensordecedoras de tarima judicial): "Por eso es que las cosas están mal, no hay quién las arregle e imponga el orden".

Ojalá algún día Guayaquil pueda tener todos los fines de semana una zona como el mercado de libros de San Telmo o, por lo menos una vez al año, una Noche de las Librerías tal como la que se hace en la calle Corrientes, en Buenos Aires. Esa es una batalla a ganar. Es una lucha que Otra Orilla espera llevar a éxito, abriendo más espacios y creándolos.

El viejo nazi de aire militar se fue. Su gesto cítrico me dio gusto. Mientras más gente como él se enoje por no encontrar el horror entre libros, o que al menos este yazca perdido al fondo de una montaña de otros títulos, ensombrecido y enterrado bajo hermosas copas bibliográficas, ya habremos ganado otro combate.












8 de febrero de 2014

El enigmático padre del escritor Jorge Enrique Adoum

Rodolfo Pérez Pimentel publicó un artículo (Revista Memorias Porteñas, Diario Expreso, Guayaquil, 2 de febrero de 2014) sobre el misterioso "Mago JEFA" (por sus siglas), Jorge Elías Francisco Adoum, destacado místico y esoterista libanés que tras su exilio del lugar natal se radicó en Ecuador para luego terminar sus días en Brasil. Lo único que a Pérez Pimentel se le escapó es que el Mago JEFA era el padre del también reconocido escritor ambateño Jorge Enrique Adoum.

(Para ver el artículo en tamaño más grande, hacer clic aquí).


15 de septiembre de 2007

7 de mayo de 2007

Un escritor beat en Ecuador

Sí, era el escritor norteamericano William S. Burroughs, autor de libros como Almuerzo desnudo y Junkie, uno de los miembros de la llamada generación beat. El dato lo descubrí en el más reciente número (el 8) de revista Anaconda. Realmente debe leerse muy seguido esta revista, siempre trae buenas sorpresas. Hojeándola en Mr. Books, di en ella con el artículo titulado William Burroughs en Ecuador que trata sobre su estadía en nuestro país.

Puedo decirles que si quieren saber más, adicionalmente al artículo de revista Anaconda, busquen el libro titulado Cartas del yagé o mal traducido también como Cartas de la ayahuasca por Editorial Anagrama. Originalmente el libro fue publicado en 1963 por City Lights Books (San Francisco, EE.UU). Yagé es el nombre que comúnmente se le da a la ayahuasca en el Putumayo, que es la zona que Burroughs recorrió en su búsqueda, por eso creo es preferible esa denominación que, aunque no es tan conocida, es fiel a la empleada por el autor en su historia. Conservo un ejemplar de este libro de Ediciones Signos (Buenos Aires, 1971) y como “argentrucho” que soy (es decir, hijo de argentino con madre no argentina) disfruté algunos argentinismos que hace tiempo no escuchaba, pues además de no haber ido a Argentina por mucho tiempo, por el momento tampoco poseo televisión por cable.

Pocas son las páginas que Burroughs le dedica a Ecuador, es más, menciona a nuestro país como un recuerdo no tan agradable, un lugar horrible; pero no horrible por serlo así físicamente, sino por la forma de pensar y actuar de las personas. Veamos unas perlitas, de la edición de Signos:

“Recorrí Ecuador lo más rápidamente posible. Qué lugar horrible es. Un complejo de inferioridad nacional de país pequeño en su estado más avanzado”. (pág. 43).

O estas: “Ecuador está realmente barranca abajo. Que Perú se apodere de él y lo civilice” (p.p. 44). “En el Ecuador y Colombia nunca nadie va a admitir que algo no anda bien en su roñoso país. Como los ciudadanos de los pueblos de Estados Unidos”. (pág. 45).



Burroughs en una ficticia estadía por el Malecón, cuando éste acostumbraba ser llamado Simón Bolívar o Paseo de las Colonias y no 2000. ¿Habrá agarrado por ahí un vaporino? (Fotomontaje)

No hay que juzgarlo o estigmatizarlo como seguramente saltarán algunos por ahí, sino más bien reconocer que desde 1953 –año de su paso por acá, entre abril y mayo, con mayor seguridad en abril– casi casi Ecuador sigue siendo igual a como Burroughs lo describe por la enorme culpa de sus políticos.

Burroughs fue rápido. Pasó por Esmeraldas, llegó a Manta –donde tuvo un incidente con un vistaforador de aduanas al que asumió era un ladrón (que sin embargo y desde entonces nunca faltan en las aduanas) porque revisaba sus maletas–, arribó a Playas –él dice Las Playas, seguro es Playas o Gral. Villamil, donde le otorgaron por la pérdida de su documento de turista otro donde constaba como escritor– y Guayaquil.

De acá salió soplado para el Perú: “Tengo que estar en algún otro lugar en un momento determinado (en Guayaquil saqué al cónsul peruano de la casa después de las horas de oficina para tener la visación y marcharme un día antes)”. (pág. 55).

Así, para el investigador come libros, el cuentista o poeta buscador de historias raras; o para todo aquel que se sienta identificado con los beats, uno de ellos estuvo por acá, dejando pistas. Quién sabe, a lo mejor si buscamos hallaremos muchas más. Poco nos habla Burroughs de Ecuador, pero por ahí Ecuador puede quizás hablar muchas cosas más de Burroughs. Queda en manos de los escritores entonces.

- Jorge Osinaga -

26 de abril de 2007

Un grito a todos los que caminan muertos

Las cosas buenas, dicen, siempre están escondidas, alejadas, pero prestas a ser halladas. Alexis Cuzme (Manta, 1980), con Club de los premuertos, confirma que la nueva y buena poesía del Ecuador está surgiendo desde los bordes, ajena a los tradicionales centros del país y también alejada de los vericuetos indescifrables del ejercicio de la palabra que empeña su entendimiento a una tarea tan complicada como abrir una caja fuerte.

La poesía de Cuzme es directa, sin rodeos, canta las cosas como son: de manera clara y despojada de adornos ridículos. Sin miramientos, Cuzme nos revela en su Club de los premuertos una voz que se niega a aceptar las insulsas masturbaciones mentales del enamoramiento, que le dice un alto a esa estupidez que no se qué masoquista inventó de negarse el uno por el otro, que nos grita por todos lados cómo podemos cometer el crimen de despedir por el inodoro nuestra libertad; en definitiva, el por qué aceptamos morir -con anticipos y en cómodas cuotas- por otro pedazo de carne; y nos muestra a fin de cuentas que no hay que pedir permiso para existir.



Alexis Cuzme y su último libro


Cuzme se libera con sus palabras de lo que él denomina “el sentimiento chatarra”:

No es normal pretender cortar margaritas
en el jardín de la vecina,
escribir cartas a vaginas intocadas, 
declamar –a pedido de oídos sensibleros– 
versos de Neruda,
Auden,
Lorca, 
Darío 
o Cardenal; 
mientras mi otro yo 
–el de siempre–
desde las sombras escupe y vocifera
con el esfuerzo de pulmones maltratados:
¡La ternura es una larva que debes pisotear,
rociar con esperma ácida,
moscas productoras rondando tu cabeza!


Con una mezcla de verdad, broma y preocupación, un amigo me decía que aquí y en todos lados, un vello del pubis puede halar más que un Caterpillar, y yo digo que también puede ser el más aplastante represor del hombre. Cuzme dice no, y se para firme.

Al final, al leer su obra, nos presenta las dos caras que el hombre debe enfrentar no solo en el amor, sino también en su vida, en su relación con los demás: la represión o la libertad, la entrega o la excarcelación.

Es, en definitiva, un grito; una llamada bien cargada que busca hacernos despertar. La invitación a este Club es precisa: para darnos cuenta si todos somos o no uno de sus miembros.

- Jorge Osinaga -

24 de marzo de 2007

Bryce Echenique en medio de una tormenta

Como diría la vecina, “reventó el pedo” -yo le agrego: nuevamente- en los barrios de la literatura hispanoamericana.

El reconocido escritor peruano Alfredo Bryce Echenique otra vez se ha visto inmerso en una acusación de plagio. Sí, otra vez digo, porque el hombre ya había tenido sus desafortunados encuentros con las consecuencias del copy + paste; solo que esta vez la acumulación de susurros se convirtió en tormenta.

Como reseña Laura Puertas, corresponsal en Lima de diario El País de España, en una nota de prensa, “los peruanos no salen de su asombro”. El más reciente caso: Bryce publicó un artículo (sí, el link no sirve: el artículo fue retirado de la página web del diario) el 18 de marzo de este año en diario El Comercio de Lima titulado Potencias sin poder. Un asombrado Oswaldo de Rivero, embajador del Perú ante las Naciones Unidas, denunció que ese artículo era un plagio de uno escrito por el diplomático en la revista limeña Quehacer. El Comercio se hizo eco del asunto en su sección editorial del viernes 23 de marzo y exhortó a Bryce Echenique a aclarar ésta y otras acusaciones en su contra, propiciadas por un grupo anónimo autodenominado irónicamente “Los amigos de Bryce Echenique”.


La defensa del escritor peruano publicada el sábado 24 en el mismo diario El Comercio: Bryce dice que existe una “manipulación” en sus artículos y que la culpa de todo fue de su secretaria:

“Asumo con gran pena el error cometido en el envío de mis textos por mi secretaria y en mi falta de control al hacerse esos envíos, pero no asumo absolutamente nada más”.

Incluyó, en su defensa, que él también ha sido víctima de plagio por parte de una revista mexicana. Las consecuencias: Bryce decidió renunciar a escribir para El Comercio.

Más leña al fuego se agrega desde España. Un escritor gallego llamado José María Pérez Álvarez acusa al autor de Un mundo para Julius de reincidir en sus anteriores pecados. ¿Cómo se dio cuenta? Pues el soplo vino de la competencia misma de El Comercio, a propósito de la plaga de plagios que en estos días se vivió en las ex virreinales tierras de Lima: dos periodistas de los diarios El Correo de Lima y La República pusieron en alerta al autor gallego.

Pérez Álvarez dice que el plagio trasatlántico de Bryce fue tomado de un escrito titulado Las esquinas habitadas, que Pérez publicó en la revista Jano en marzo de 2005. El artículo en cuestión de Bryce fue publicado el 12 de noviembre de 2006 en El Correo de Lima, bajo el título de La tierra prometida. La copia, en este caso, es enormemente palpable.

El escritor peruano Gustavo Faverón, en su blog, comenta:

“Es curioso: la palabra 'mafia' ha vuelto a surgir en los blogs, esgrimida ahora contra los amigos de Alfredo Bryce, que no han dado declaraciones sobre el tema, como si en alguna esfera de la vida fuera una obligación de la gente opinar públicamente sobre sus amigos en sus peores momentos. Se sigue hablando de la pesadillesca "mafia" a pesar de que el primer afectado por los artículos en cuestión sea el diario El Comercio, que, se supone, es el núcleo del grupo; a pesar de que entre los escritores afectados haya amigos de Bryce; a pesar de que la denuncia más clara en la prensa peruana la haya hecho el diario Perú 21, de propiedad de la familia Miró Quesada, propietaria de El Comercio”.

Lo que comenta Faverón nos da una muestra de la virtual “independencia” de los medios en aquel país y, por qué no, en el nuestro: ante tamaño escándalo para el diario, no queda más que claudicar. ¿Lección de que nadie es intocable? Parece que así se demostró. Pero Bryce fue el que decidió alejarse del medio, no el medio de Bryce.

Es interesante el comentario que El País reproduce de Pérez Álvarez:

“Me resulta increíble que Bryce Echenique haya recurrido a un escritor al que no conoce nadie para apropiarse de forma deleznable de su literatura, pero, por otra parte, todos tenemos vanidad y me siento halagado: debe gustarle mi estilo”.

La palabrita vanidad surgió de repente, como nunca falta en la literatura; entonces ¿más que un asunto de legalidad u honra literaria, esta “plagiomanía” puede ser también una herramienta para buscar la fama? Sí, ambas cosas, sería la respuesta. Ocurre en la farándula y también en la literatura, lastimosamente.

Consecuencias que suceden cuando se cree que en la era del internet todo escrito es de nadie. La pregunta final aquí es: ¿la secretaria de Alfredo Bryce dirá -al más puro estilo de Flaubert, cuando se autoadjudicaba ser Madame Bovary- “yo soy Alfredo Bryce Echenique”? Quién sabe, un mito más para la literatura latinoamericana.

- Jorge Osinaga -

1 de diciembre de 2006

Un texto olvidado de Pablo Palacio

Pablo Palacio (1906-1947) es de esos escritores que siempre nos da una sorpresa, tanto al leerlo como al investigar su obra; y justo ahora que se recuerda el centenario de su nacimiento, vuelve a hacerlo.

El crítico literario Humberto Robles acaba de presentar una nueva edición de su obra ensayística titulada La noción de vanguardia en el Ecuador: Recepción y trayectoria (1918-1934). Revisando en internet, me topé con un artículo bajo el mismo título, publicado por la FLACSO y tomado del libro Crítica literaria ecuatoriana, compilado por Gabriela Pólit (FLACSO, Quito, 2001) . En él, Robles incluye como apéndice un relato poco conocido de Palacio, titulado Novela guillotinada.

Seguro es que el artículo corresponde a un resumen de la edición de 1984 del libro de Robles. En dicho escrito, Robles señala que “en los últimos veinte años el rescate de la obra de Pablo Palacio (1906-1947) ha sido constante. Tan sólo en el Ecuador se han publicado tres ediciones de sus así llamadas Obras completas: Casa de la Cultura Ecuatoriana (Quito, 1964; Guayaquil, 1976); Editorial El Conejo/Oveja Negra (Quito–Bogotá, 1986) (...) En Chile, Ecuador, México, ¿Cuba? y Venezuela también se han editado obras escogidas de Palacio. En ninguno de todos esos volúmenes, sin embargo, se incluye el relato Novela guillotinada...

Al artículo de Robles habría que agregar que este relato de Palacio también fue publicado en la última edición de sus Obras completas llevada a cabo por María del Carmen Fernández y bajo el sello de la Universidad Andina Simón Bolívar, en el presente año.

Lo interesante es que este texto de Palacio apareció en distintas revistas. Robles indica que el mismo fue publicado en Revista de Avance (La Habana, Nº 1, septiembre 11, 1927, p. 286); en Savia (Guayaquil, Nº 36, diciembre 10, 1927, s.p.) y, finalmente, como texto “inédito” en el periódico El Espectador (Guayaquil, noviembre 18, 1930, p. 6) y que el número de veces que Palacio lo publicó “sugiere el aprecio que él tuvo por el mismo”.

Otra sorpresa

Pero las sorpresas continúan. Revisando el número 4 de revista Anaconda y a propósito del centenario de nacimiento del autor, encuentro la publicación de una versión distinta del mismo cuento.

Fernando Albán, en la introducción que precede al cuento publicado por Anaconda, nos señala que llegó a sus manos un ejemplar original de la novela Débora (Kanela, Quito, 1927). La sorpresa: encontró pegado en las últimas páginas del libro un recorte que Albán deduce puede corresponder a un periódico quiteño e, incluso, a una versión posterior y ampliamente modificada del relato publicado en las revistas y el periódico antes mencionados, pero esta vez bajo el título Guillotina.

Pongo a disposición de ustedes ambas versiones. La primera, Novela guillotinada, correspondiente a Revista de Avance, Savia y El Espectador; y la segunda, Guillotina, publicada por revista Anaconda:



“Novela guillotinada”

Por Pablo Palacio




Ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía.
«¡Pare! ¡Pare!»
Escribe números, tiene mujer e hijos, se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula el engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia fuera.
Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a siete pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.
Pondré:
«Tocado con elegante sombrero de felpa»
y
«Hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordeada de copudos árboles, desemboca en la Plaza Mayor»
Burilaré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes narrativas;
«Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos».
«La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios»
«Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV»
«El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura»
«Tenía un perro y una perra»
«Se sirvieron apetitosas truchas».
«No faltó el caviar ruso»,
«Vino el espumoso champagne»
«Cerró los ojos... »
Se venderá a siete pesetas.
Hombre devorado por el día sincrónico, amamantado por el gregarismo, te sacaré de los pelos una novela larga, sobre la que cenarán los editores.
«Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los niños en la sala de visitas»
«Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras. Se han puesto en un estado que no se sabe quiénes son los amos»
«Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año!»
«La semana del lunes, si Dios nos da vida, me voy donde el ministro para ver qué ha sido del empleo»
Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma, para robarle sus reacciones interiores.
Pero, para que un tendero limpia su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
tan!,
un tiro le raja la cabeza.
He aquí la novela guillotinada. Un curioso profundizará su ojo con el microscopio para buscar en los muñones que deja el cortafrío –las cristalizaciones romboidales.
Oiga, joven, no se haga soldado.



Guillotina

Por Pablo Palacio





Tengo un lápiz morado para ponerle barbas al Rey de Oros.
Caí en las galeras del amor, y Guillotina pudo ser así:
"Vida subyacente para los recuerdos y para los besos que están suspendidos dentro de nosotros. Los adoraremos y les haremos una hornacina de humo perfumado. Vida subyacente para denunciarnos de improviso y desenmascaranos de la risa y de las alegrías: lágrimas que están a la vuelta del hombre que ha reído. Para revelarnos en nuestra intimidad acogedora: siempre habrá alguien que quiera estar de pie ante la válvula de escape de nuestras ternezas. Vida subyacente para esos labios apretados que sabían abrirse antes de ahora: ya no me dan su jugo dulce de fruta madura, pero siempre saben ser buenos para mis deseos y algo que se reservan y se han reservado está fresco para mí, anunciándome que siempre será tiempo para embriagarme o para hacerme temblar las manos que no saben qué hacer en la estrechez de la hora solitaria que tiene a la orilla una amenaza indiscreta. Quisiera que me ponga los brazos al cuello y, si está de pie, que se levante la pequeña falda por las corvas; pero no quiere denunciarse y en este forzamiento de actitudes, la cara echada atrás y mi cuerpo buscándola, veo cómo le nacen manos por todas partes para ponerlas ante la boca: mas, apenas visillos para escuchar tras ellos y esperar, semidefinida. Me echa el aliento a la cara y si rechazo aquella mano, palma a mis labios, surge otra tras ella, y otra, y otra. Después he creído que se trataba de un maquinismo incidental, seguido por empezado. ¡Hora solitaria que tiene una amenaza indiscreta a la orilla!"

Pero prefiero ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía.
«¡Pare! ¡Pare!»
Escribe números, tiene mujer e hijos.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos.
Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia fuera.
Haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a siete pesetas.

Tocado con elegante sombrero de felpa.
Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos.
La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios.
Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV.
El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura.
Tenía un perro y una perra.
Se sirvieron apetitosas truchas.
No faltó el caviar ruso.
Vino el espumoso champagne.
Cerró los ojos.
Se venderá a siete pesetas.
Hombre devorado por todos los días, te sacaré de los pelos una novela larga.
Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los chicos EN LA SALA DE VISITAS.

Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras.
Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año.
La semana del lunes, si Dios nos da vida, me voy donde el ministro.

Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma para robarle sus reacciones interiores.
Tengo un lápiz...

¡Ay!, para, que un tendero compone su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
¡tan!
un tiro le raja la cabeza.

Oiga, joven, no se haga soldado: hay una guillotina en cada esquina.

__ o__


Estas son entonces las dos versiones. Personalmente me quedo con la primera. La pregunta para ustedes es: ¿con cuál se quedan?

- Jorge Osinaga -


13 de junio de 2006

Apostar a la imaginación

Es la consigna del escritor ecuatoriano Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969). En esta entrevista me habla de algunas impresiones en torno a la literatura nacional, así como de su obra y de su última novela "El libro flotante de Caytran Dölphin", que fue recientemente presentada en Madrid.



¿Crees que la literatura ecuatoriana vive una dependencia externa o mantiene su propia identidad?

Lo mejor de nuestra producción literaria es la poesía. Su lenguaje es el más independiente y personal. Caso parecido con el de nuestros cuentistas. En novela ha ocurrido algo diferente.

La novela, en el sentido de dependencia, ha estado sometida a demasiadas exigencias de representación nacional y de instrumentalización –o utilización– en un sentido político. Y la crítica literaria, la poca que tenemos, también ha incurrido en ese error de buscar lo identitario en la literatura, forzando y tergiversando las cosas. La mala crítica convierte en documentos probatorios y unidireccionales a la literatura, que es libertad y ambigüedad. El crítico Edward Said ha señalado los peligros de buscar identidades textuales. La estrategia de Napoleón que analiza Said en Orientalismo, de “textualizar” Egipto y el mundo árabe para conquistarlo, abre la mente sobre este proceso de utilización del recurso identitario.

La autocensura es el mayor peligro para una conciencia literaria. La dependencia en Ecuador ha sido interna: el de una tradición del realismo de denuncia que se agotó hace tiempo pero que ha tenido una sombra demasiado larga, y guardianes solapados, y ha degenerado en una especie de costumbrismo simple, plano, inclusive sobre temas urbanos. Si por dependencia queremos entender una apertura a otras literaturas, creo que nuestra novela debería asimilar de forma más dinámica otras tradiciones, enfrentarse a ellas de la manera en que lo hacen los escritores más exigentes: de manera creativa, abierta y feliz.

Así lo hizo el más cosmopolita de los escritores ecuatorianos, el más grande: Juan Montalvo. O poetas como Carrera Andrade. Si Montalvo publicara hoy en día, lo tildarían de extranjerizante. Leamos y releamos Los siete tratados y los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes y veremos a lo que puede llegar un cosmopolita ecuatoriano con talento. El miedo a la llamada “pérdida de identidad” en el fondo es un argumento bastante flojo que puede mantenernos aislados, como el niño débil al que se deja confinado en la habitación de su casa por miedo a lo que ocurre más allá de las puertas de casa.

Hay otra gran dependencia que es el desconocimiento, tanto interior como exterior, de lo que se está escribiendo o se escribió. La única manera de superar una dependencia es que el escritor asuma una postura crítica creativa, de lectura y relectura a fondo de obras ecuatorianas y de otros países, discriminando lo bueno y lo malo que hay en ambas sin ningún tipo de pudor o temor, pese a quien le pese. No conoceremos bien nuestra tradición y tampoco las ajenas si no somos críticos con ambas. Si el escritor no sabe nadar en el mar de las tradiciones y cortar sus aguas, se ahogará.

Siempre he sostenido que una novela como Los sangurimas de José de la Cuadra tiene una magnífica primera parte que luego baja de nivel hacia el final, y que de Don Goyo la última parte es un cuento perfecto insertado en una novela de inicio más bien disperso. O que Las cruces sobre el agua, de Gallegos Lara, Huasipungo, de Icaza, Henry Black de Donoso Pareja o Entre Marx y una mujer desnuda, de Adoum, son novelas de calidad media en un contexto internacional, aunque importantes como testimonios de su época, tanto político como de búsqueda de nuevos caminos, y que son hitos en nuestra historia o histeria literaria. Si comparamos Huasipungo con Los ríos profundos de José María Arguedas, o la novela de Adoum con Rayuela de Cortázar, salta a la vista la diferencia de calidad literaria. Si por ser ecuatoriano debo permanecer ciego a esta realidad, mal futuro nos espera. Ensalzar por ensalzar lo nuestro lo único que produce es reducir el juicio crítico y cerrar las puertas a nuevas propuestas.

Tu obra transcurre principalmente en ambientes foráneos, pero el lenguaje es aquel elemento que utilizas para vincularla con lo ecuatoriano ¿crees que acudir a otros ambientes es una especie de dependencia externa?

No existen fronteras para los temas que trata la ficción. Ya lo mencioné respecto a Montalvo. Decía Hemingway que para escribir sobre lo que ocurre en un accidente de avioneta no es necesario accidentarse en uno de esos aparatos para hablar con experiencia del asunto. Lo que se necesita es un intenso trabajo de imaginación, y mejor todavía si se ha tenido algún susto de vuelo. Sin imaginación, sin una visión plástica y armónica de la escritura, incluso tratar del tema más cercano o autobiográfico estará supeditado a una dependencia más grave, los tópicos, es decir, la absoluta falta de visión personal real para acercarse a un tema. Y, por el contrario, aunque escriba sobre China o Perú o Europa, si la visión del autor es realmente personal e intensa, en esa mirada de cualquier tema, situación o lugar habrá una perspectiva “propia” que, por seguir con la palabra, se “apropia” del mundo. Es lo que ocurre con Stendhal, escritor francés que hizo de Italia su territorio imaginario. Allí tenemos esa novela impresionante que es La Cartuja de Parma o los cuentos de Crónicas italianas. Es una cuestión de percepción, en el sentido magnífico que lo entiende, por ejemplo, la tradición narrativa y filosófica inglesa.

El lenguaje no significa hablar sobre cualquier tema con la jerga de Guayaquil, Quito o Cuenca, significa buscar un lenguaje que fusione todo lo que necesita el escritor para dar cuenta de su visión. La identidad no viene dada por usar palabras locales o ecuatorianas, sino por la creación de una manera de escribir propia del escritor que le permita también a cualquier lector la entrada en el mundo del que habla ese escritor. Esa postura limitada es la que realmente ha bloqueado la proyección de nuestra literatura en el extranjero, y no la queja de que no tenemos apoyos editoriales o estatales. Hay que salir corriendo cuando escuchamos ese lloriqueo interminable de la falta de apoyos o infraestructura, que no es más que pereza. Es como echarle la culpa a otros de una falta de riesgo, talento y disciplina. Hay que enviar nuestros manuscritos a editoriales extranjeras y sufrir como todos los escritores el rechazo de diez o veinte editoriales hasta mejorar el manuscrito, o escribor nuevos libros y finalmente dar con una obra bien lograda, bien presentada y con una editorial que reconozca lo que tiene de válido ese libro. Patricia Highsmith decía que sólo hay que deprimirse cuando te hayan rechazado veinte editoriales. Esa postura débil ha limitado el empuje de nuestros escritores. Y en este esfuerzo por abrir fronteras y superar esas limitaciones han estado trabajando algunos escritores ecuatorianos durante los últimas décadas: hay logros relevantes en novelas como Polvo y ceniza de Cárdenas, Pájara la memoria de Égüez, La sombra del apostador de Vásconez o La cueva de Telmo Herrera. Se debería superar de una vez por todas la dicotomía Ecuador/Extranjero: la literatura es un territorio sin fronteras donde el único requisito de entrada es el talento de lo que se escribe, la riqueza de integrar la mayor cantidad posible de resonancias culturales y literarias que se resuelvan en una música que pueda ser apreciada por sí misma más allá de tal o cual tema o lugar, de cualquier origen.

¿Podemos decir que El libro flotante de Caytran Dölphin, tu última novela, es la afirmación de que más allá del cosmopolitismo y la extraterritorialidad has asumido una total libertad creadora?

Esta novela que transcurre sobre todo en Guayaquil la tenía en mente hace diez años, precisamente cuando empecé a sostener en varios artículos y conferencias que el escritor ecuatoriano puede lanzarse a narrar cualquier territorio. Últimamente me ha divierte mucho ver cómo algunas personas en Ecuador insisten en criticar mi postura, sesgándola mucho al exagerar que yo “pedía” narrar sobre otros países como si fuera una receta, cuando yo señalaba que “puede” hacerlo como una manera de exploración, que necesitamos ganar la sana distancia de la ironía. En realidad escribimos a partir de nuestra experiencia, incluida la experiencia imaginaria, y la mía, por mis orígenes y las circunstancias, ha sido nómada. Mi padre es cuencano, mi madre italiana, nací en Guayaquil, he vivido en Quito, Roma y Lima, y desde hace ocho años en Barcelona. Mi identidad es la suma de mis identidades.

En conversaciones con Enrique Vila-Matas en Barcelona le decía lo que algunas personas me criticaban en Ecuador, y lo que ha hecho es animarme en mí línea, porque a él también lo atacaron en su momento en una España encerrada en sí misma. Ahora incluso un periodista dice que sufro el “complejo de Peter Pan”. ¡Maravilloso! Me encanta Peter Pan. Pero me lo atribuía porque, al parecer, no me interesa la coordenada histórica del escritor, como si yo viviera en las nubes. Y eso sí que es para reírse, porque si hubiera leído mi novela El desterrado habría visto que está atravesada por algunos aspectos políticos, porque señalo los peligros del fascismo y la indiferencia histórica, en una historia inspirada en mi familia italiana durante el ascenso de Mussolini, en esa primera mitad tan problemática del siglo XX. Además, siempre he escrito sobre temas con implicaciones políticas y de nuestro tiempo. De esto también trata, a su manera, El libro flotante de Caytran Dölphin.

Pero bueno, comprendamos que a veces en Ecuador hay gente que opina a priori, sin haber leído los textos, sin preocuparse por reflexionar sino sólo para defender sus posturas o para que su grupito le dé una palmadita en la espalda. Así que me quedo muy alegremente con la idea de Peter Pan, e incluso la de Daniel el Travieso, Calvin, Shrek, Pinocho y toda esa tropita encantadora. Sí, sufro el síndrome de Peter Pan, en el sentido de que es una apuesta por la imaginación, y a su manera Peter Pan está en las antípodas del síndrome verdaderamente peligroso, el de Falcón, que es el de querer cargar con la castrante responsabilidad de representar al país. ¡Como para aburrirse! Por algo Peter Pan tiene que enfrentarse con el aburrido y seriote capitán Hook que quiere matarlo... (risas).

La literatura ecuatoriana parece sufrir lo que yo denomino como el “síndrome del perro”, es decir, que cuando se toca su “sacrosantía”, se golpea su conservadurismo y se remece aquello que todos deben seguir, hay más de uno que “ladra” ¿Por qué esas actitudes? ¿Ves reales cambios a futuro?

¡Perro que ladra no muerde!... Te atacarán porque te has escapado de ellos, porque trabajas, porque no estás sometido, porque no les debes nada y no te quedas callado y, lo más increíble de todo, porque te ríes de ti mismo. Es lección de vida. Hay que tomar con humor a los tres o cuatro gatitos enfurruñados que maúllan en su noche oscura con el estómago revuelto. Sin dejar de ser críticos y decir lo que se piensa, pero hacerlo con cortesía, argumentos y obra propia. La libertad tiene un precio, y el escritor tiene que estar dispuesto a pagarlo.


Me costó mucho entenderlo, incluso lo pasé mal a los veinte años, porque me sentía un bicho raro, muy solo. Pero aprendí, me reforcé, y entendí que el único con quien tienes que competir es contigo mismo. Lo bueno, lo inesperado, es que el lector real lo agradece y lo reconoce. Entonces se produce una bellísima justicia poética. Así que les dejo a otros el sentirse la autoridad de la literatura ecuatoriana o ser el escritor más representativo de lo ecuatoriano. Yo me quedo feliz con el islote más remoto de las Galápagos donde haya un volcán. Pero sí, por suerte está cambiando. Hay una generación nueva e imparable, que tiene ahora alrededor de veinte años o un poco más, que sonríe, que es generosa, y, sobre todo, que trabaja. A ellos hay que abrirles las puertas. No los conozco a todos, pero a pesar de estar lejos trato de leerlos. Espero que sigan escribiendo con tenacidad y que se rían de los tres o cuatro gatitos enfurruñados. Aprendamos de los grandes tigres.

- Jorge Osinaga -

13 de mayo de 2006

Desde los bordes

Una panorámica de la nueva poesía ecuatoriana -una vertiente libre, provocadora, sin ambages y solemnidades- es lo que Cristian Arteaga, joven escritor quiteño, nos ofrece en este artículo publicado en Revista La Pepa, Nº 3, 2006 (Quito).

Por Cristian Arteaga

La joven poesía del país, sin duda, es una poética que se trabaja y se crea desde los bordes simbólicos y desterritorializados de las instituciones culturales y académicas, lo que produce un efecto por demás renovador e iconoclasta. Pues eso es lo que expresa la poesía de Carrillo y Villa Navarrete.

Enver Carrillo (Quito, 1972)
ESCASEZ

los vecinos parecen poseídos
recogen agua de las llaves del patio
en ollas, tinajas y botellas

me anuncian que escaseará por dos días seguidos

por mi parte estoy tranquilo
solo recojo unos pocos litros
para el café de la mañana y la tarde

no tengo ninguna preocupación
a sabiendas
de que no me baño muy seguido



Marcelo Villa Navarrete (Quito) 
BÓLIDO

bajo los cedros
animales de dos espaldas
zurcían bolsillos para calentar sus manos
ocho pares de zapatos
podaban el césped tras una pelota
un vestidito amarillo se enredaba
en las cadenas del columpio

iban a ser las cuatro
cuando recordé la cita
y escapé de la burbuja verde
como la savia tras el corte del hacha

recordé que aún no revelo
las fotografías de la playa
y que faltan diez páginas
para acabarme el libro prestado
y que a mis veintitrés
aún no sé domar un bólido

¿y si hoy me embistiera
algún mamífero?


Es importante la desacralización que hacen de los temas o relatos para traducirlos en una propuesta de humor sardónico o ironía. Es decir, se ha abandonado ese lirismo ortodoxo frente a los metarelatos como la soledad o el sentimiento.

En el caso de Escobar y Osinaga, asumen una actitud creadora sin ambages, y limada de una construcción estética aristotélica, es decir, solo lo bello es poesía. Por tanto, sus textos develan lo que no se escribe, se lo esconde, e irrumpen como un fogonazo en las mentes egoístas y sensibleras.


Fernando Escobar (Quito, 1982)
DE SHOPPING


''hasta las mujeres más hermosas
tienen el intestino lleno de mierda''
-Carlos Chernov-

Penélope se fue al centro comercial
si me pongo un lazo en el alma
tal vez con ella me quiera llevar.

Centauro con un código de barras por cara
me adentro en un Aqueronte de plástico
con tal de besar sus axilas de hielo.


Jorge Osinaga (Guayaquil, 1983)
MIOPÍA

Abrazado a un chico
luego de unos cuantos tragos
alguien me dice:
¿Estás mal de la vista, pendejo?
Ese que abrazas es un hombre

Yo respondo:
No, cojudo, esto es
lo que la noche
generosamente
me ha entregado


En el caso de Tituaña, Cuzme y Lasso, los indicios son la verdadera poética. Su creación es eminentemente urbana, pero construida en los entresijos de esa ciudad infierno, defraudada, sin maquillaje, desembocando en una poética minimalista donde el mínimo detalle o la sencillez de la situación dotan de sentido y entendimiento al texto.

Samuel Tituaña (Quito, 1971)
WAIT FOR MI

_no botar basura
decía en la pared
y bajo ella cada noche
aparecía como testigo
del hastío humano

_la luz inmutable alumbraba
apenas un cartón
fundas y desechos
de toda marca

_mientras una boca
muerde el cuello
un pezón erecto
perdía equilibro

la otra arrancaba
todo vello húmedo

luego tarareando
el último hit
entre el vapor del café
que va por la cera
patean discursos
inhalados
de una funda paria


Alexis Cuzme (Manta, 1980)
DELIRIOS DE UN MAL POETA
(fragmento)

Se supone que soy un poeta,
un poeta 'privilegiado' al parecer,
un oficio, invitación, compromiso etc. así lo sustentó
y ¿quién soy yo para contradecir estas cosillas?
¿cómo decir lo contrario o afirmarlo
si aún no sé si esta gruta estará iluminada al final?

Algo de nicotina haría que fuese menos duradero
sobre este mundo. Inhalé, expulsé.
Nada mejor qu autoeliminarse
sin esperar que algún desconocido
suelte la primera o última bala sobre nosotros,
la primera o última cuchillada,
solo para comprobar que en el fondo
somos tan comunes como el resto.
Seres triviales escondiendo secretos,
rellenos de intestinos cada vez más intoxicados,
de sangre y sesos alucinado.


Edison Lasso (Piñas, 1977)
ÚLTIMA RISA

No debía escupir mi nombre
y arrojarle tierra como a un perro
porque tu dicción al pronunciarlo
era lo único bueno que tenías,
por eso no te sorprendas
cuando después de quitarte la careta
y colgar el sexo dentro del armario
te descubras vacía
pues no solo arrojaste
una palabra hecha burbujas,
también perdiste
los peces de coral
que irradiaban tus entrañas
y la gelatina de ciruela que llenaba tu cabeza.

Huérfana de todo
me sabrás indiferente a tus tonterías
y no sospecharás que en realidad
quien se queda sin nada
no eres tú.

Como puede leerse, esta irrupción de los nuevos poetas es un flirt a los lisonjeros estrépitos de la titubeante burocracia cultural del país. Y esto ya es bastante, pues la responsabilidad del trabajo con la palabra rebasa justificaciones sobre el texto que puede mejorarse. Un texto está bien o mal escrito, no hay término medio. Y estos poetas de los bordes, retoman sus temas junto con la ciudad como un testigo omnisciente, es decir una perpetua comunicación con ella; los unos no pueden existir sin la otra, y viceversa.

17 de abril de 2006

Y nuevamente la polémica...

A propósito del lanzamiento del nuevo libro de Jorge Velasco Mackenzie, La mejor edad para morir, diario El Universo publicó este lunes 17 de abril una nota sobre el acontecimiento.

El momento fue oportuno para Velasco, sacó a relucir un tema que lo ha venido remordiendo desde hace algún tiempo: el asunto de la extraterritorialidad en la literatura.



Cito a Jorge Velasco Mackenzie: “Ahora que los globalizados dicen que hay que escribir sobre otros lugares, sobre otras realidades porque eso es lo que universaliza al escritor, yo sostengo si quieres ser universal habla de tu aldea. Esta frase que pronunció Chéjov es cierta. Que mis historias sucedan fuera del país no me hace universal”.

Recuerdo que hace algunos meses, durante la presentación en Guayaquil de la novela Mal de ojo, de Huilo Ruales, escritor ibarreño afincado en Francia, Velasco Mackenzie tocó el tema. Hizo una valorización de la obra y habló sobre los “epígonos de la extraterritorialidad”; una dura referencia a varios escritores locales.

Pregunto yo ¿esa extraterritorialización es argumento suficiente para invalidar o no la obra de varios escritores? ¿es motivo para determinar qué literatura es buena o no? (de acuerdo a contextos políticos, históricos, sociales o geográficos como es el caso) ¿es que la literatura ecuatoriana debe tener un molde?

Hay algo que creo debe respetarse en esto del oficio de escribir y es el respetar las ideas de otros. Soy de los que piensan que en la literatura todo es válido, así a unos les parezca o no. En esa libertad radica en sí todo el proceso creativo de un autor. Si la literatura se ajustara a ciertos parámetros (contextuales, no de género), pues no habría libertad y sería todo, menos literatura.

Al señor Velasco le preguntaron: “¿Y dónde, entonces, reside la universalidad de un escritor?”

“En sus conflictos, en su concepción del mundo”, respondió.

Respuesta inteligente, pero contradictoria la del Sr. Velasco. ¿Es tan relevante la ambientación como para descartar toda la amplia gama de temáticas, “conflictos” y “concepciones del mundo” que un autor “extraterritorial” pueda tener en su obra? Creo que no.

La literatura no se encierra en feudos, ni debe encerrarse en fronteras. Leonardo Valencia ya lo dijo: el territorio es la literatura.

Mi pana Freddy Russo me dijo un día que “el arte es la única rama donde el ser humano podrá ejercer su total libertad”. Para mí, así debe ser, gústeles a unos o no.

- Jorge Osinaga -